En Apastepeque, el artista ha levantado un faro cultural. Su historia recuerda que el arte solo necesita de de convicción y entrega para existir.
En Apastepeque, el artista ha levantado un faro cultural. Su historia recuerda que el arte solo necesita de de convicción y entrega para existir.
Entre virutas de madera y el eco de los cinceles, la imaginación de un hombre ha sabido transformar lo que otros ven como un simple tronco en verdaderas obras de arte. Su nombre es José Sabas Gómez, aunque todos lo llaman simplemente “Sabas”, el escultor y maestro que ha hecho de Apastepeque, en San Vicente Norte, un epicentro cultural donde la tradición, la creatividad y la devoción se fusionan de manera perfecta.
Desde pequeño Sabas supo lo que era la lucha diaria de una familia que debía mudarse constantemente por las limitaciones económicas. Sin embargo, aquel cambio de vivienda que sus padres hicieron cuando él apenas tenía cinco años resultó determinante en su vida: lo acercó a Erasmo Rosales, el maestro que, sin proponérselo, sembraría la semilla que años después lo haría escultor.
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Aunque pasó buena parte de su infancia bajo las enseñanzas del maestro Erasmo, Sabas asegura que en ese momento no sentía ninguna atracción por el arte. Más bien se dedicaba a observar, sin imaginar que aquellas lecciones y aquella cercanía marcarían su destino.
La vida lo llevó por distintos oficios hasta que, a los 23 años, la vocación llamó a su puerta. Con decisión y humildad regresó al taller de su maestro para pedirle que lo aceptara como discípulo. Durante casi seis años trabajó de la mano de su mentor, tallando madera, creando carrozas y elaborando altares que recorrían procesiones en todo el país. Fue ese aprendizaje el que le permitió abrir su propio taller y construir lo que hoy es mucho más que un espacio de trabajo, es un museo vivo de arte popular.
“Hoy tengo el gusto y el privilegio de contar con un espacio que es mi casa, pero también es un espacio cultural que ha venido apoyando a la juventud, a la niñez”, expresó Sabas a El Diario de Hoy.
El arte como devoción
Sabas reconoce que cada escultura es arte en estado puro. El proceso requiere técnica, sensibilidad, paciencia y, sobre todo, intención. Porque para él, la madera no solo se trabaja con manos y herramientas, también se moldea con fe y respeto.
En su taller se han esculpido vírgenes, cristos, santos patronos y piezas de procesión que han viajado a parroquias de distintos rincones de El Salvador. Cada rostro, cada pliegue de túnica, cada posición de las manos está impregnado de la intención del artista, pero también de la espiritualidad de quienes luego rezarán ante esa obra.
Un espacio cultural en Apastepeque
Con los años, lo que comenzó como un pequeño taller terminó convirtiéndose en un espacio cultural abierto a la comunidad. Hoy lleva el nombre de Musa Galería Museo, un título que, lejos de ser casualidad, refleja la esencia del lugar.
La idea fue bautizada por otro artista, quien le explicó a Sabas que las musas eran en la mitología griega las máximas inspiradoras de la belleza. Ese mismo espíritu debía guiar el espacio: mostrar la belleza del arte y la cultura, más allá de géneros o estilos.
“El nombre surge a través de esa participación que hubo en algún momento con otros artistas. Ahí nació la idea de ponerle un nombre diferente, porque anteriormente, cuando había alumnos, se llamaba Taller Cosecha. Cuando ya se formalizó el espacio, se le cambió el nombre”, comentó Sabas mientras transformaba un pieza de madera con un cincel. “Fue un amigo artista que se llamaba Santo Ulises Palacios, también de Apastepeque, quien me pidió que le dejara el nombre de Musa Galería Museo”, agregó.
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El museo-taller cuenta con varias áreas que sorprenden a cada visitante.
La zona de escultura en madera con motosierra, donde Sabas se ha ganado fama por la fuerza y el dinamismo de sus obras.
El área de exposiciones, que no solo exhibe sus creaciones en piedra, mármol o madera, sino también las de otros artistas, incluidos sus propios hijos y antiguos alumnos.
“En ese espacio hay obras que no son mías; algunas son de mis hijos, y otras son de otros artistas. Hay piezas en piedra y en mármol que fueron donadas por alumnos y maestros de la Escuela de Artes de Catajanas (de Honduras)”, comentó el escultor.
El recinto también cuenta con un sector de memoria histórica, donde hay un proyecto titulado Hacedores del Arte Popular Apastepecano, con fotografías, vitrinas y piezas que documentan la trayectoria de artistas locales. Ahí se rinde homenaje a su maestro Erasmo Rosales y se conservan piezas relacionadas con tradiciones, como las de los moros y cristianos.
También está el espacio verde (que cuenta con un mirador) que está adornado con esculturas en ferrocemento, algunas creadas por Sabas y otras donadas, que dan vida al entorno y ofrecen un rincón de contemplación para los visitantes.
El acceso al museo es simbólico; apenas un dólar, un aporte que permite mantener las instalaciones y sostener ese refugio de arte en medio del municipio.
Maestro de generaciones
Uno de los mayores orgullos de Sabas no son solo sus esculturas, sino los jóvenes a quienes formó en sus primeros años como maestro. Cuando abrió el taller, llegaron cerca de 17 estudiantes que aprendieron desde pintura hasta modelado y talla directa.
Algunos tomaron otros rumbos profesionales, pero varios continúan hoy en el oficio, ya sea elaborando altares o dedicados de lleno a la escultura.
Sabas, incluso, organizó simposios de escultura que pusieron a Apastepeque en el mapa cultural de la región, convocando a artistas y espectadores alrededor del arte.
El arte que viaja y trasciende
Aunque su especialidad es la madera, Sabas ha ampliado su campo creativo. Ha trabajado con mármol, piedra y ferrocemento, materiales que lo han llevado a participar en eventos internacionales. En junio pasado viajó a Argentina, donde exhibió su talento con esculturas de gran formato.
Su ambición no es el reconocimiento personal, sino el de su tierra. “Lo que quiero es que Apastepeque y El Salvador se vean representados en cada obra, en cada espacio donde yo pueda mostrar lo que hacemos aquí”, comentó.
Para Sabas, cada rincón de Musa Galería Museo representa un símbolo de esfuerzo. No hubo patrocinios millonarios ni ayudas institucionales: todo fue producto del trabajo constante, de la venta de piezas y del amor por el arte.
Ese sacrificio se ve reflejado en cada detalle del museo-taller, un espacio que no solo preserva la memoria de artistas pasados, sino que también inspira a nuevas generaciones.
Al pie del cerro Santa Rita de Apastepeque, Sabas ha levantado un faro cultural. Su historia recuerda que el arte no necesita de grandes capitales para existir, sino de convicción y entrega. Y que, cuando un hombre decide transformar un pedazo de madera en arte, también transforma a su comunidad.
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