Observadores

México

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Por Manuel Hinds

27 noviembre, 2018

Las caravanas que se dirigen a Estados Unidos están siendo protagonistas de una tragedia entendida como en la Antigua Grecia—una historia que inevitablemente termina en grave daño para el protagonista como consecuencia de un defecto de éste, o de un error cometido por el mismo. El daño final está determinado por la colisión entre el propósito de los héroes (los participantes de las caravanas), y los propósitos de un actor infinitamente más poderoso, que no puede permitir que ellos triunfen, por razones que los héroes mismos, en su desesperación, no pueden comprender.
Como todo país soberano, Estados Unidos tiene que controlar sus fronteras de acuerdo a sus políticas migratorias. Siendo una nación desarrollada, con un régimen que protege los derechos individuales, con muchas oportunidades económicas, y que provee a sus pobladores con muchos beneficios sociales, Estados Unidos es muy atractivo para la migración, y atrae muchos más inmigrantes que los que puede absorber. Por muchos años el país ha recibido muchos inmigrantes, incluyendo muchos que se han colado ilegalmente por las frontera con México o que se han quedado al expirar sus visas de entrada. El movimiento de ilegales ha sido tal que era irrealista esperar que el gobierno estadounidense no iba eventualmente a tomar medidas para cortarlo—como lo haría nuestro gobierno si estuviéramos en esa situación. Esto constituye una parte de la tragedia, el obstáculo que inevitablemente va a detener el acto heroico del protagonista.
La otra parte de la tragedia, la acción del héroe condenada al fracaso, es también fácil de
comprender. Son personas y familias, destrozadas por la espantosa violencia que azota a nuestros países en Centro América, así como por la falta de oportunidades económicas, que se ven forzadas a huir de sus lugares de origen y enfocan sus esperanzas en el país más desarrollado a su alcance, Estados Unidos.
La prensa nacional e internacional ha reportado las historias desgarradoras de esta nuestra gente caminando, muchos con hijos enfermos y algunos incapacitados, caminando, caminando hacia un cielo que no se les abrirá. En un artículo del periódico británico he Guardián, el autor, brean Mealer, caminando con nuestros hermanos, recuerda a lo que él llama los fantasmas de migrantes anteriores que los acompañan, los migrantes de El Salvador y Cuba Rusia y Alemania, de los campos de la muerte en Sudán, Irak y Siria, los hebreos en el desierto, la saga de una mujer embarazada de Nazaret siguiendo una estrella para huir de un tirano, y la odisea de su propia familia durante la Gran Depresión de los 1930s, inmortalizada por John Steinbeck en su novela “Las Uvas de la Ira”, que los llevó del centro de Estados Unidos para llegar a una California que los recibió con policías armados que no los dejaron entrar.
La odisea es desgarradora. Desgraciadamente, Estados Unidos no puede hacer una excepción con estas caravanas. Si las deja entrar sin pasar por el proceso legal de solicitar asilo el país se les inundaría con millones de personas que están dispuestas a caminar hasta la frontera de Estados Unidos con tal de cambiar sus vidas. Y, como se evidenció en un artículo publicado hace un par de días en El Diario de Hoy, los asilos aprobados representan una minoría infinitesimal de las solicitudes.
He aquí pues la tragedia. Pero hay un lado luminoso en ella. El comportamiento de México, su gobierno y sus ciudadanos, con nuestros hermanos, que en todo el camino los han acogido como propios. En todas las tristes historias de éste éxodo, en medio de su trágico ritmo, aparecen mexicanos que dan aliento, comida y abrigo, transporte, servicios médicos, medicinas y apoyo moral a los centroamericanos que van pasando junto a ellos—muchos de ellos compartiendo con los nuestros cosas que a ellos no les sobran. En todas partes hay gente caritativa, pero los mexicanos han ido mucho más allá de eso, pagando buses, dando aventones en camiones, haciendo tamales y sandwiches, dando albergues, y, más que nada, dando cariño.
Eso es algo que nosotros, salvadoreños, no podemos olvidar jamás, sería vergonzoso hacerlo.
Los mexicanos han demostrado ser nuestros hermanos, y amor con amor se paga.

27 noviembre, 2018

Acerca del Autor

Manuel Hinds

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