A tres meses de la elección presidencial

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Por Joaquín Samayoa

30 octubre, 2018

Existen muchas razones de peso para hacer un esfuerzo fuera de lo común por comprender mejor lo que pasa por la mente, el corazón y el hígado de quienes elegirán al próximo presidente de El Salvador. El resultado de esa elección podría ocasionar, como ha ocurrido ya en algunos otros países, el inicio de una peligrosa ruptura con las normas y controles más fundamentales de la democracia representativa.
Las diferencias entre los partidos que se han disputado el poder hasta la fecha han sido ideológicas y programáticas; pero las diferencias entre esos partidos y el retador de ambos en la próxima elección son de otra naturaleza. Los que creen que no puede haber algo peor de lo que hemos tenido estas últimas décadas, o que no perdemos nada con probar algo nuevo, debieran poner mucha atención a la irreversible tragedia que hoy viven los pueblos de Nicaragua y Venezuela, precisamente por haber razonado de la misma manera que hoy lo hacen muchos salvadoreños.
La incursión de Nayib Bukele en la política nacional ha seguido un camino bastante sinuoso, que hoy lo ubica en aparente o real ventaja sobre sus contendientes, a tres meses de llevarse a cabo la elección. Sería ésta la primera vez que un contendiente acumula suficiente simpatía y adhesiones como para cuestionar la inevitabilidad del bipartidismo que ha prevalecido desde los acuerdos de paz hasta la fecha. Este fenómeno es causa de preocupación para quienes piensan que Bukele sería un presidente nefasto, pero también genera curiosidad intelectual en observadores con formación científica y académica.
El hartazgo de la mayoría de ciudadanos por los fracasos y la corrupción que le atribuyen al FMLN y ARENA sería una explicación suficiente para el surgimiento de una tercera opción, si Bukele fuese un líder carismático, si hubiera demostrado convincentemente su honradez y una excepcional capacidad de gestión administrativa y política, si tuviera una clara visión de país y la capacidad de articular una agenda de gobierno verdaderamente innovadora y factible, si no mantuviera evidentes vínculos con lo peor de los partidos a los que critica y quiere reemplazar, si no tuviera entre sus más cercanos colaboradores a algunos de los personajes más turbios de la política salvadoreña. Pero no es ése el caso.
La simpatía que expresan considerables contingentes sociales hacia la candidatura de Nayib Bukele no se comprende sólo por el desprestigio de los partidos tradicionales, ya que su partido está tanto o más desprestigiado que los demás. No se comprende tampoco sólo por la trayectoria o las cualidades y competencias del candidato, ya que sus tres contendientes lo superan en todos o casi todos los aspectos relevantes.
Una parte se entiende por la habilidad de Bukele para apropiarse la bandera de los defraudados, mostrándose él mismo como víctima de un sistema político anquilosado y corrupto, para lo cual ha debido borrar, como por arte de magia, su participación en ese sistema. También ha tenido habilidad para crear la imagen de un joven rebelde, audaz e irreverente, que no necesita pensarlo dos veces para poner el dedo en las llagas de ARENA y el FMLN, culpando a ambos de todos los males habidos y por haber. De esa forma ha logrado mostrarse en sintonía con la gente, sin necesidad de empolvarse sus finos botines recorriendo poblados pequeños y grandes para encontrarse con la gente a la que le ofrece vagamente un futuro mejor.
Pero eso todavía no explica satisfactoriamente por qué hay tanta gente dispuesta a confiar en él. Una cosa es confiar en su habilidad para arrebatarles el poder a ARENA y al FMLN, y otra muy diferente es confiar en su capacidad para gobernar dentro del marco constitucional y sin destruir la institucionalidad democrática, como han hecho en sus países Chávez, Maduro, Ortega, Evo Morales y otros líderes políticos que alcanzaron el poder simplemente explotando la frustración de los ciudadanos con los partidos tradicionales, pero sin tener una clara definición ideológica o, al menos, un plan de gobierno realmente novedoso y factible.
La menguante fascinación de muchos salvadoreños con la candidatura de Nayib Bukele solo se puede comprender a cabalidad analizando más cuidadosamente la evolución que han tenido el pensamiento y las actitudes políticas de los electores. Esta misma apreciación, por cierto, fue la que llevó a los pensadores sociales de la Escuela de Frankfurt, saliendo de la segunda guerra mundial, a estudiar la personalidad autoritaria, en un intento sin precedentes por comprender el fenómeno de la adhesión masiva a líderes como Hitler y Mussolini.
Tanto Bukele, si quiere afianzar y expandir su popularidad, como los que aspiran a frenarlo y derrotarlo en las urnas, tienen que hilar más fino en sus esfuerzos por comprender a la sociedad salvadoreña actual. La rivalidad en el proceso electoral del momento, no pasa por el borroso eje ideológico de izquierda-derecha, ni por la distribución de la población en intervalos de edad, ni por la clásica partición en clases sociales. En lo que concierne a procesos electorales, es evidente que ha habido importantes reagrupamientos que nadie ha intentado todavía identificar y analizar con el rigor metodológico de las ciencias sociales.
Los organizadores de las campañas proselitistas y de la propaganda política siguen partiendo de análisis impresionistas, especulaciones más o menos plausibles, espejismos y prejuicios. Ensayo y error. A veces le atinan, la mayoría de veces no. El tiempo que resta para la elección no da para estudios rigurosos y confiables, pero al menos los partidos debieran hacer un intento más cuidadoso para perfilar mejor a los diversos segmentos del electorado y así poder decidir más racional y eficientemente sus estrategias de campaña para la recta final.

30 octubre, 2018

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Joaquín Samayoa

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