Observadores

¿David contra Goliat?

3.octubre.2018 - Desde que se conoce el relato bíblico, David se ha enfrentado nuevamente a Goliat en un sinfín de ocasiones en diversos escenarios del deporte, la política, los negocios y la vida cotidiana. Así nos referimos en muchas culturas a toda lucha percibida como muy desigual; a todo combate entre astucia y fuerza. Lo que varía es el resultado de la pelea. A diferencia de lo ocurrido entre el joven israelita y el gigante filisteo según el Libro de Samuel, la mayoría de veces, el tamaño y la fuerza prevalecen sobre el voluntarismo y la astucia. Al iniciar formalmente esta semana la contienda para elegir al próximo presidente de El Salvador, la gente hace ya sus apuestas por David o Goliat. Mientras unos ya casi celebran, como si la elección fuera solo un engorroso trámite por el que hay que pasar, otros se retuercen consumidos por la angustia, el pesimismo y las dudas; confundidos al punto de no poder distinguir entre lo real y lo virtual. En ambos bandos se hacen cuentas, dejando a veces la impresión de que ninguno de los dos sabe contar. En este particular enfrentamiento, la pregunta de quién es David y quién Goliat ha sido soslayada. Nayib Bukele se apropió tempranamente el rol de David, dejándoles a ARENA y sus aliados el rol que más fácilmente se les acomoda, el de un gigante que se mueve con lentitud y torpeza. Esa narrativa se impuso rápidamente y resultó ser buen golpe de astucia que está definiendo la campaña y probablemente influirá mucho en el resultado. En estos tiempos de frustración global generalizada, presentarse como víctima del sistema y las organizaciones que tanta gente ha aprendido a odiar, le da a Bukele una posición muy ventajosa. La principal ventaja es que se vuelve inmune a la crítica. Cualquier señalamiento de errores o debilidades de carácter, cualquier comentario negativo a su corta trayectoria en la administración pública, cualquier evidencia de su escasa formación académica, automáticamente se interpreta como un ataque que confirma el mito de la grandeza de un ciudadano joven dispuesto a enfrentarse a los dos gigantes perversos y paradigmáticos de todo mal en nuestro sistema político. Nada negativo que se diga de él es real, tan solo un intento de apartarlo del camino. El campo de Bukele ha sabido explotar muy bien los sentimientos más básicos de las personas en una coyuntura marcada por el rechazo a los políticos tradicionales. En primer lugar, la tendencia natural a identificarse con aquellos a quienes se les percibe más débiles o tratados injustamente. En segundo lugar, la gratificación vicariante que se experimenta al identificarse con alguien que tiene agallas para desafiar a los poderosos. Esto último tiene un gran atractivo, en la medida en que compensa la desesperanza de los que se sienten agraviados o defraudados, pero no han encontrado la fuerza o la ocasión para pelear sus propias batallas. Lo curioso es que la gente que ha sido o se siente más engañada por los partidos y los políticos, la que más cuidado debiera tener al elegir al siguiente mandatario, es la que más fácilmente se presta a las nuevas formas de engaño. Se atrincheran cómodamente en la falsa premisa de que no puede haber algo peor que lo que hemos tenido. Y eso no es cosa solo de guanacos. Así se comportaron los venezolanos cuando eligieron a Hugo Chávez, así los peruanos cuando le dieron poder a un desconocido llamado Alberto Fujimori, así los mismos salvadoreños cuando creyeron en la palabra de un fogoso comentarista de noticias, así tantos otros pueblos que todavía tendrán que esperar un poco para conocer el inexorable dictamen que la historia hará sobre la decisión de confiar a ciegas en los que venden la ilusión de superar todos los males que acarrean los sistemas obsoletos y los políticos corruptos. Invariablemente los que se convencieron de que no podía haber algo peor han tenido amargos despertares. Estas reflexiones no las hago con animosidad hacia Nayib Bukele. He examinado con detenimiento su candidatura porque la considero muy peculiar, muy diferente a lo que estamos acostumbrados. Su nivel de aceptación, según las encuestas, resulta bastante intrigante para alguien que solo ha tenido exposición en dos municipios, en las redes sociales y en unos pocos eventos muy controlados. Creo que es válido preguntarse cuánta correspondencia hay entre su realidad y la imagen que proyecta, porque hasta ahora lo único claro es que tiene un buen estratega de campaña y mucho olfato para decir cosas que la gente quiere oír. El llamado que hago es a informarnos lo más y mejor posible, a meditar sobre el sustento de nuestras preferencias. El modelo para las decisiones electorales no debe ser el mismo que el de las lealtades y fanatismos deportivos. A tu equipo lo acompañas en las buenas y en las malas. Puedes darte ese lujo porque las victorias y las derrotas de tu equipo no afectan en lo más mínimo tus posibilidades de bienestar ni las de tu familia. Pero el voto y la abstinencia sí tienen importantes consecuencias. Los meses que vienen son para aprender lo más posible sobre los candidatos y lo que cada uno propone hacer. Es necesario escuchar y leer con actitud crítica y con visión panorámica, sin dejarse manipular por la propaganda, que siempre es engañosa, poniendo en la balanza el mayor número posible de elementos de juicio, con disposición a superar prejuicios favorables o contrarios a cada candidato. No se trata de ver quién pone los memes más divertidos o los insultos más venenosos en las redes sociales. Se trata de elegir a la persona más apta para gobernar al país en los próximos cinco años.

3 octubre, 2018

Acerca del Autor

Joaquín Samayoa

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