¿Qué sigue después de este escándalo?

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Por Joaquín Samayoa

22 agosto, 2018

Aunque siempre hubo sospechas, aunque algunos ciudadanos conocieron de primera mano determinados hechos de corrupción en las más altas esferas gubernamentales; la magnitud de lo que la Fiscalía ha destapado quizás solo la conocían el propio presidente y dos o tres de sus colaboradores más cercanos. Lo que por cinco años fue solo un cúmulo de rumores y una creciente sensación de malestar, súbitamente se convirtió en una avalancha de indignación colectiva.

Los medios serios de comunicación han brindado extensa cobertura noticiosa y han facilitado sus espacios de opinión para el desahogo, las críticas y algunos análisis más o menos atinados. La blogosfera y las principales “redes sociales” han hecho su parte permitiendo a los que están libres de pecado, y a los que buscan ser percibidos de esa manera, compartir y comentar una mezcolanza de informaciones confiables, fake news, humor negro, ira, cinismo y frustración. En las redes, los troles y los oportunistas han hecho su agosto. Por su parte, los bipolares se han sentido reivindicados en su estrecha visión del mundo, culpando entusiastamente a la derecha o a la izquierda, a uno u otro partido, según sus particulares cegueras ideológicas.

Esto ha sido el caso Saca. Falta todavía una similar revelación sobre la presidencia de Funes. Ojalá lo de Saca no nos haya vacunado contra la indignación que también debiera causarnos la siguiente oleada. Pero además faltan otras cosas muy graves que tal vez no se ventilen porque la Fiscalía no ha podido investigar lo suficiente. Me refiero a los sobornos en la adjudicación de contratos jugosos de obras públicas. Falta investigar muchos casos individuales de ciudadanos corruptos, dentro y fuera del aparato estatal, que se beneficiaron del esquema de saqueo y encubrimiento: empresarios, periodistas, diputados, ministros, presidentes de autónomas. Falta también pedir cuentas a los que debieron evitar que todo esto ocurriera y no lo hicieron. Falta hurgar en los otros órganos del Estado y en los gobiernos municipales.

Con suerte, se terminará desvelando, juzgando y castigando solo a un pequeño porcentaje de los culpables. La Fiscalía tiene las manos llenas con las acusaciones que ya ha realizado. Pero sabemos que hay mucho más. Vivimos en un pueblo chico y todos sabemos cosas. ¿Por qué no hizo denuncias la gente que observó o se enteró de estos hechos? Hay varias explicaciones. En primer lugar, hasta ahora no había habido la más pequeña señal de que se podía confiar en el sistema de justicia penal. Algunos callan porque necesitan conservar su empleo o porque se les amenaza con vengativas demandas por difamación. Otros, porque desde las más apestosas tuberías de aguas negras salen jaurías de troles con la misión de enlodar impunemente la reputación de cualquiera que se atreva a denunciar a los políticos corruptos. Hay también lealtades muy mal entendidas y renuencia a darle municiones a los adversarios políticos.

Como si no fuera suficiente el horror de tantos actos delictivos en el aparato estatal, también ha habido comportamientos que la ley no prohíbe expresamente pero son igualmente reprochables y perniciosos. Muchas de las cosas que hicieron Funes y Saca entran en esta categoría. Hay formas legales de robarle al pueblo, a los que pagamos impuestos y a los que necesitan que ese dinero sea utilizado con rectitud y lucidez. No se trata solo de evitar el enriquecimiento ilícito de los funcionarios públicos. También debiera evitarse que lleguen a darse vida de millonarios por cinco años con el dinero de los contribuyentes.

Ese dinero que despilfarran en autos de lujo, trajes y zapatos que cuestan miles de dólares, los más finos licores, viajes completamente improductivos, propaganda para exaltar su ego o favorecer a su agrupación política, etc. Todos esos gastos son legales simplemente porque los diputados nunca han querido poner límites, regulaciones y controles a la partida de gastos reservados de la presidencia. Si los candidatos a la presidencia para el próximo período quieren tener alguna credibilidad cuando hagan promesas sobre el combate a la corrupción, deben ser muy concretos y específicos en este punto.

Cualquier presidente necesita disponer de cierta cantidad de dinero para algunas actividades cuya naturaleza exige discreción. No es éste el espacio para explicar estas necesidades especiales de los gobiernos, que van desde el pago de servicios puntuales de asesoría en diversas áreas hasta la atención de ciertos aspectos en emergencias nacionales que nadie puede prever. Pero hay una enorme distancia de eso a tener un arca rebalsando de dinero para satisfacer caprichos, comprar voluntades, pagar la benevolencia de las entidades contraloras, corromper periodistas y conceder salarios inmerecidos a amigos, parientes y activistas políticos.

La regulación y el control de ejecución de la partida de gastos reservados es impostergable para combatir la corrupción en las más altas esferas del gobierno. Ahí entra también lo de los sobresueldos. No debe haber sobresueldos turbios a entera discreción del presidente. Lo que resulta necesario y conveniente es ofrecer salarios competitivos pero enteramente transparentes, en función de méritos y competencias comprobadas. Es absurdo que todos los funcionarios dentro de una misma categoría reciban la misma remuneración, pero la manera de abordar este asunto no es haciendo uso de la partida de gastos reservados. Ya es hora de revisar y aprobar el proyecto de ley de la función pública que ha estado engavetado desde hace varios años.

Recordemos que tanto Saca como Funes se llenaron la boca en sus discursos inaugurales prometiendo combatir la corrupción. A los candidatos que competirán por la presidencia en 2019 los ciudadanos debemos exigirles que sean mucho más concretos en lo que proponen. Hay que exigirles también capacidad de liderazgo para influir de manera significativa en los partidos que los respaldan y en los otros órganos del Estado, cuya acción es imprescindible para erradicar la corrupción. Si seguimos votando o dejando de votar por prejuicios, por meras afinidades ideológicas, por resentimientos, por el atractivo empaque de productos defectuosos … entonces después no nos sorprendamos por cosas como las que ahora están saliendo a la luz pública.

22 agosto, 2018

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Joaquín Samayoa

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