Un infierno dantesco para los políticos salvadoreños

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Por Joaquín Samayoa

14 marzo, 2018

El FMLN parece haber aceptado que debe hacer una reflexión profunda para entender los factores superficiales y profundos que le ocasionaron un resultado desastroso en las pasadas elecciones de diputados y concejos municipales. En contraste, no veo señales de que ARENA entienda que debe hacer otro tanto para apropiarse la parte que le toca de la elevada cantidad de votos nulos y abstenciones. A los partidos más pequeños les fue un poco mejor de lo que esperaban y parecen estar muy complacidos, pensando más bien en cómo hacer valer esos votos que ARENA necesitará para tomar decisiones en el próximo período legislativo.
En parte por la contundencia de su derrota y en parte por la falta de responsabilidad y conciencia de los demás actores en nuestro sistema de partidos políticos, los reflectores apuntan casi de manera exclusiva al FMLN. Dentro y fuera del partido se han elevado voces, unas apasionadas y otras más serenas, señalando los errores y lo que debiera corregir el FMLN para recuperar algo de competitividad en la próxima elección presidencial. Quizás el recuento más exhaustivo y atinado de causas inmediatas y remotas del descrédito del FMLN lo ha hecho el periodista Ricardo Vaquerano en su ensayo “Por qué perdió el (ex) FMLN” (revista FACTUM, 9/3/18).
La verdad es que esto parece una danza de demonios y cada uno es libre de escoger con cuál de ellos quiere bailar. Sin embargo, los responsables de las decisiones en los partidos, en el gobierno y en la legislatura deben saber que no se trata de entretenerse un rato haciendo alardes de corrección política o de lealtad ideológica. Entender de una u otra forma lo que ocurrió en las elecciones del pasado 4 de marzo tendrá serias implicaciones en el corto y mediano plazo para los partidos políticos y para el país.
Las acciones políticas y el desempeño de los funcionarios son importantes para ganar o perder credibilidad en la población, pero hay un nivel más profundo de análisis que no debiera ignorarse. Hay una dimensión en la que radica, a mi juicio, la imposibilidad de cualquier gobierno para resolver los problemas más graves que golpean y frustran a la mayor parte de salvadoreños. Y es precisamente esa dimensión donde más difícil le resulta moverse y avanzar al FMLN. Me refiero a la dimensión ideológica, más concretamente a una versión rígida de su propia ideología, tan rígida que no ha sido siquiera capaz de integrar de manera coherente los drásticos cambios que se han dado en nuestra estructura social en los últimos 25 años.
El modelo de Estado asistencialista y clientelar se ha vuelto simplemente inviable. Es un barril sin fondo para las finanzas públicas, un factor de estancamiento del desarrollo económico y social, y un caldo de cultivo para frustraciones y desencantos masivos. Mientras la apuesta del FMLN no sea por los factores y dinamismos que propician el desarrollo humano sino por aquello que genera y profundiza la dependencia de sectores cada vez más numerosos de la población, no hay salida.
Si, por añadidura, no hay una apuesta genuina por el desarrollo de la institucionalidad democrática, sino por un modelo autoritario que tiende a anular los controles políticos y sociales del ejercicio del poder, el rechazo de la gente, más tarde o más temprano, está garantizado. Estos planteamientos ideológicos son los que nunca ha querido el FMLN someter a crítica. Los considera a priori como parte de la agenda de la derecha, como un caballo de Troya de los viejos poderes oligárquicos, como una amenaza a los intereses del pueblo (léase “de la cúpula de un partido que se auto-define como el único intérprete genuino de los intereses del pueblo”).
Dudo mucho que la auto-crítica que han pregonado los dirigentes más iluminados del partido vaya a llegar a tales niveles de profundidad. No creo que tengan disposición para quedarse un buen rato desnudos frente al espejo. Por falta de ejercicio de sus facultades mentales para el pensamiento crítico, por refugio prolongado en el “group thinking”, por el hábito arraigado de culpar a alguien más, por su visión maniquea de la realidad, por su comprobada paranoia que les impide dar cabida al pensamiento independiente, tal vez no tengan tampoco la capacidad para hacer una verdadera revisión ideológica, aunque llegaran a entender que deben hacerla.
Asumiendo que sus debates no llegaran tan hondo, quisiera al menos invitarlos, al FMLN y a todos los políticos, incluidos los que se creen moralmente superiores, a hacer un “tour” por los círculos del infierno de Dante en la Divina Comedia. Pero debo advertirles que tendrán que bajar a los círculos más profundos para encontrarse.
En los primeros círculos del infierno, los más superficiales, Dante ubica a los pecadores de los que más suelen ocuparse las religiones que se creen y tal vez tratan de ser cristianas. Ahí se encuentran los lujuriosos, los golosos, los avaros, los iracundos y los herejes. En el 7º círculo empieza a ponerse buena la cosa. Ahí están los violentos, o sea varias decenas de miles de salvadoreños. Pero es en los dos últimos círculos donde sufren sus merecidos horrores los que incurren en prácticas muy frecuentes entre los políticos, los nuestros y los de otras latitudes.
Ahí están los que practican la malicia fraudulenta, los embaucadores, los aduladores, los que sacan provecho ilícito de sus cargos públicos, los que traicionan a quienes confiaron en ellos y los que siembran las discordias que enfrentan y dividen a los seres humanos. Esos son los pecados más graves. La gente lo sabe intuitivamente, aunque no hayan leído la Divina Comedia.

14 marzo, 2018

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Joaquín Samayoa

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