El gueto genera odio y violencia

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Por Paolo Lüers

27 febrero, 2018

Voy a comentar y ampliar dos columnas que mi colega y amigo Manuel Hinds publicó: El Cambio en el corazón y El odio de clases y las maras. Cuando en su segunda columna menciona la crítica que ha recibido “desde la izquierda” a su primera columna, se refiere a un email que le mandé. De paso sea dicho: Me honra que por lo menos los serios pensadores de la derecha, por ejemplo Manuel Hinds, todavía me identifican como “de izquierda”.
Esto no es una controversia. Coincido plenamente con la tesis principal de Hinds: Sembrar odio, y en especial odio de clase, es dañino para la sociedad – o como concluye Hinds: Sembrar odio de clase, o cualquier otro odio, lejos de resolver los problemas que enfrentamos, los complica y puede hacer imposible resolverlos. Totalmente de acuerdo.
Mis observaciones son para complementar los argumentos válidos de Hinds. Por ejemplo: Si hablamos del odio de clase como fenómeno en el conflicto que se convirtió en guerra en los 80, es necesario decir que hubo odio de clase de los dos lados. No solo se expresó en las consignas y acciones de los insurgentes, también, y durante décadas, en los discursos u acciones de la derecha. La marginación y la represión de amplios sectores populares también fue expresión de odio de clase. El 32 fue una explosión de odio, y tanto la derecha como los comunistas haciéndolo peor con sus inyecciones letales de odio de clase. Esto confirma le tesis de Hinds que sembrar odio de clase empeora los conflictos sociales existentes. Los asesinatos de sindicalistas y las masacres de campesinos en los años 70 fueron expresión de odio de clase, igual que los secuestros y asesinatos de empresarios. Y tanto los mensajes del mayor D’Aubuisson como de las FPL de Marcial potenciaron este odio y llevaron al país a la guerra.
Muchas veces, el odio nace del miedo. Los que en el 32 masacraron a miles de campesinos, tenían miedo a una insurrección de los indígenas. Tenían miedo, porque sabían que los habían maltratado, generando una bomba de tiempo. Tiene toda la razón Manuel Hinds en decir que donde ya hay conflictos sociales, resentimientos y miedos, sembrar odio de clase hace explotar estas bombas.
Hablando del conflicto actual, lo que se expresa en la violencia de las maras no es odio de clase. Las maras no hacen guerra contra otra clase. Matan casi exclusivamente a otros igual de pobres. Es violencia entre pobres. ¿Pero de dónde nace este odio? ¿De dónde nace esta disposición a la violencia? Guste o no, hay que decir que nace de la percepción de exclusión, generalizada en muchas comunidades. Y al decir esto, no se está inyectando odio de clase a una situación ya complicada, sino señalar la raíz del problema es necesario para entender por dónde hay que buscar soluciones, más allá de la aplicación de la ley y las respuestas policiales y represivas.
Es cierto, y siempre hay que aclararlo, que la violencia y el odio no nacen de la pobreza. Nacen de una situación de gueto. Esa es una situación social donde la pobreza está acompañada de la percepción de exclusión: del desarrollo, de las oportunidades, de los servicios básicos del Estado. Cuando una comunidad se siente colectivamente excluida, genera una identidad peligrosa, con reglas sociales y morales propias. Una vez que esto pasa, situarse fuera de la ley, aunque no es automático, sí es un paso más fácil, con pocas barreras. Es el paso que dan los que se unen a maras.
Cierto, esta percepción de exclusión tiende más a expresarse en violencia, cuando en el país existe la tradición y la continuidad de un discurso político de odio de clase, como lo sigue manejando el FMLN. Esto confirma la tesis de Manuel Hinds que sembrar odio de clase en un conflicto social lo profundiza y hace más difícil resolverlo. Pero ojo: El discurso de odio de clase no es el origen del sentimiento de exclusión y tampoco de su transformación en violencia. El origen es la realidad. Y esta realidad hay que cambiarla. Hay que romper la realidad de gueto, en la cual vive un gran porcentaje de los sectores populares, tanto en las ciudades como en el campo.
Me parece interesante el planteamiento de Manuel Hinds sobre la necesidad de un “change of heart”. Pero agregaría que no puede ser un cambio solo espiritual, o un cambio de discurso. Si el “change of heart” del resto de la sociedad no incluye la disposición de atacar la situación de gueto y de transformar los barrios y sus condiciones de marginación, esta situación no va a cambiar. Y la violencia, con todas sus expresiones de odio, no va a superarse.
Esta es la gran deficiencia de las políticas de seguridad que han empleado los gobiernos, tanto de ARENA como del FMLN, desde que se vieron confrontados con el fenómeno de las maras.
Hagamos el “change of heart”, y actuemos. No podemos simplemente pedir a los que se sienten marginados que tengan un “change of heart”, requiere de algo más serio y tangible.
Haciendo estas consideraciones no significa justificar la violencia de las maras. La violencia no es justificable. Pero tenemos que entender dónde y porqué nace y se reproduce. Ya sería un paso correcto que la sociedad ya no permita que sus funcionarios, como el actual presidente de la Asamblea Legislativa Guillermo Gallegos, sigan sembrando odio. Pero requiere de mucho más. El odio que se manifiesta en los conflictos sociales del país no es sembrado, tiene raíces en la realidad. Y estos hay que atacarlos. Esta sería la solución radical al problema.

27 febrero, 2018

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Paolo Lüers

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