Observadores

Las orejeras del burro y la terminación del TPS

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Por Joaquín Samayoa

9 Enero, 2018

Siempre he tenido mis dudas sobre la inteligencia de los burros. No sé si existe algún fundamento científico para sostener que los burros son así de burros como los pintan. Tal vez su inteligencia es similar a la de algunos de sus primos y parientes cercanos, pero no se ven estimulados o exigidos para mostrar y desarrollar las habilidades que pudieran tener. Se ocupan como animales de carga y eso es todo lo que se espera de ellos. Peor aún, y a eso quiero llegar, les ponen orejeras para que no se distraigan, para que no vean ni oigan algo que pudiera impulsarlos a desviarse del camino que deben seguir.

Al evocar la imagen del burro con sus orejeras bien puestas, me resulta inevitable evocar también otra imagen, la de los gobernantes con su ideología bien puesta. Dejo a un lado el asunto de la inteligencia, tanto la de los burros como la de los gobernantes. A ambos les concedo el beneficio de la duda. El problema está en las orejeras, en la ideología, en lo que impide percibir datos importantes de la realidad circundante: por ejemplo, la insatisfacción que la gente manifiesta en las encuestas.

La ideología actúa como un mecanismo organizador del conocimiento. Nos permite ver unas cosas y nos impide ver otras; por ejemplo, ver las faltas de los adversarios y no ver las propias. Pero, además, la ideología siempre busca las explicaciones más convenientes de la realidad, aquellas que confirman la validez de las propias ideas y acciones, aquellas que invalidan y descartan cualquier otra visión de la realidad.

Pues bien, como es de sobra sabido, la ideología del FMLN les impide ver el fracaso absoluto del socialismo histórico y del socialismo real. Ni una sola experiencia exitosa; por el contrario, todas dejan secuelas irreversibles de miseria, sufrimiento, injusticia y odio. Pero no lo quieren ver, no se los permite su ideología; se aferran, como burros con orejeras, a sus modelos y teorías.

Pero además esa ideología incluye consignas que tuvieron validez en otros tiempos, pero se han vuelto absurdas, vacías y disfuncionales. Entre esas consignas está la de “yankees, go home” y todo el trillado discurso contra el imperialismo yankee. Consignas impermeables a las realidades de la evolución histórica, consignas insensibles que se escupen con ánimo de ofender o sin conciencia de que se perciben correctamente como ingratas y ofensivas para una nación que lleva décadas intentando ayudar de muchas formas y con mucho dinero a nuestro desarrollo económico y social.

Ahora un gobierno estadounidense que tampoco entiende mucho las interconexiones entre los problemas de Centroamérica y las necesidades de seguridad de los Estados Unidos, un gobierno que también es insensible al sufrimiento y a las consecuencias de sus acciones, nos devuelve el agravio y nos dice “Salvadoreños, go home”. ¿Cómo la ven? ¿Verdad que no nos gusta?

Pero, dicho lo anterior, hay que tener claridad de que el TPS no fue cancelado como reacción a las ofensas hechas por gente del FMLN a los Estados Unidos. Desde su origen, el TPS fue una medida temporal. Quizás se mantuvo por más tiempo del previsto inicialmente, gracias a un presidente inteligente y humanista en la Casa Blanca; pero eso no significa que se haya cancelado por culpa de las ofensas y estupideces del FMLN.

El TPS iba a terminar algún día. Ese día empezó a aproximarse desde que Donald Trump fue electo presidente. La cancelación del TPS es congruente con su política migratoria y él tiene todo el derecho de adoptar esa medida. Era además sumamente difícil justificar mantenerlo para El Salvador y no para otros países.

En lo que sí afectan muy negativamente la actitud ofensiva del FMLN y algunas de las acciones del gobierno en política exterior, es en la posibilidad de persuadir a senadores y representantes en el Congreso de los EUA para trabajar en una solución permanente durante el tiempo de gracia que se ha dado para hacer efectiva la terminación de la protección que brindaba el TPS a nuestros compatriotas.

De hecho, siempre fue una estrategia mala, por cortoplacista, el abogar por la prolongación del TPS. Desde mucho antes, cuando soplaban mejores vientos en Washington, debió haberse trabajado en una solución permanente. Ahora el tiempo apremia. Eso debiera ser prioritario para el gobierno de El Salvador, pero tiene que entender dos cosas. La primera quedó ya insinuada: mejorar genuinamente las relaciones con el gobierno y pueblo de los Estados Unidos.

La segunda es elevar cuanto antes el nivel de nuestra representación en Washington. Sin ánimo de herir susceptibilidades, hay que aceptar que el personal de nuestra Embajada en esa capital no está a la altura del intenso y difícil trabajo que debe hacerse con aliados en el Congreso estadounidense para construir una solución permanente en la que todos salgamos ganando.

9 Enero, 2018

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Joaquín Samayoa

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