Observadores

El Estado de Derecho

27.noviembre.2011 -

El Estado de Derecho Nada destruye un régimen de derecho tanto y tan rápidamente como la idea de que la justicia se negocia. C uando el conflicto entre la Sala de lo Constitucional y la Asamblea Legislativa estaba en su clímax hace algunos meses en nuestro país, varios políticos opinaron que dicha Sala no podía abstraerse de las realidades del país y tenía por tanto que tomar en cuenta lo que los políticos decían-en el caso específico, que tenía que negociar con el FMLN y otros partidos la manera en la que se iba a votar en las elecciones de diputados. En nuestro medio, este tipo de opiniones tiende a dar a la persona que la emite la imagen de ser “moderado”, “conciliador” y “sabio” porque evita las confrontaciones. Pero nada destruye un régimen de derecho tanto y tan rápidamente como la idea de que la justicia se negocia. Es una de las características del pensamiento tercermundista, que chotea todo y que lleva a la pobreza espiritual y material. Hay cosas que se negocian, pero no la justicia. La Corte Suprema de Justicia de Islandia acaba de emitir una sentencia que ilustra claramente lo que es un estado de derecho. El país sufrió un revés económico terrible en 2008, cuando su sistema bancario quebró entero como resultado de una gran devaluación de su moneda. Por varios años los bancos islandeses habían crecido atrayendo depósitos en moneda extranjera y colocándolos en préstamos en dichas monedas en la isla e internacionalmente. Las ganancias que los bancos tenían era muy altas porque las tasas de interés en la moneda islandesa-la corona-eran muy altas precisamente por el riesgo de una devaluación de la moneda local. Esto les permitía conseguir depósitos muy baratos en yenes, dólares, libras esterlinas y euros y prestarlos a tasas que eran mucho más altas que las internacionales pero más bajas que las que privaban para la moneda local. Fue un gran negocio mientras la corona no se devaluaba. Para captar estos depósitos, Islandia tenía sucursales en otros países europeos, principalmente en el Reino Unido y en Holanda. Estas sucursales estaban protegidas por las instituciones regulatorias y de supervisión bancarias de Islandia, de tal forma que si entraban en una crisis de liquidez se suponía que estas instituciones actuarían. El problema fue que cuando la crisis vino en septiembre de 2008 los clientes locales de los bancos, seguros de que la corona se iba a devaluar comenzaron a sacar sus depósitos en dicha moneda para convertirlos en cualquiera de las monedas internacionales. Igualmente, sacaron sus depósitos en las monedas internacionales porque temieron, con razón, que no iban a alcanzar para todos. Cada vez había más coronas y menos monedas extranjeras. En este pánico se acabaron las reservas de monedas extranjeras no sólo de los bancos comerciales sino también del banco central. En ese momento la corona se devalúo enormemente, pasando de 65 coronas por dólar en Enero de 2008 a 140 en noviembre del 2008-es decir, la tasa de cambio se duplicó (hoy la tasa está estabilizada alrededor de 120). Como los islandeses debían en moneda extranjera, la devaluación les duplicó sus deudas, que no podían pagar. Esto quebró a los bancos. Pero la crisis fue peor. Los depositantes de las sucursales en el Reino Unido y en Holanda también entraron en pánico porque pensaron, correctamente, que los bancos islandeses iban a quebrar. Esto le causó un problema a las autoridades bancarias del Reino Unido y Holanda, que se dieron cuenta de que si estos bancos dejaban de pagar los depósitos el pánico en sus propios países se empeoraría. Pidieron a Islandia que cumpliera con sus obligaciones pero Islandia no tenía con qué hacerlo. Ambos países decidieron intervenir y pagar ellos mismos los depósitos de los bancos islandeses y luego cobrárselos a Islandia. El gobierno de Islandia se negó a pagar. Se volvió un tema político muy espinoso y, ante las protestas de ingleses y holandeses, decidió hacer un plebiscito para consultarle al pueblo si debía pagar. El plebiscito indicó, con una gran mayoría, que los islandeses no querían pagar. Parecía imposible que Islandia pagara. Los gobiernos inglés y holandés pusieron una demanda ante la corte suprema de Islandia. Después de tres años, el viernes recién pasado la corte sentenció que Islandia tiene que pagar. Por supuesto, la corte sabía que la gran mayoría de los islandeses no querían pagar, que una sentencia a favor del pago añadiría un peso muy grande a la ya enorme deuda nacional, y que dicha sentencia los volvería sumamente impopulares. Sin embargo, la corte estaba muy clara de que el imperio del derecho no tiene nada que ver con popularidades políticas, con cálculos económicos o popularidad con los votantes sino con la justicia. Así, la corte invalidó de hecho el plebiscito y sentenció que siendo que las autoridades bancarias islandesas habían dado una garantía a los gobiernos británico y holandés de que respondería por la sanidad de las sucursales, Islandia tiene que pagar. La primer ministro del país declaró inmediatamente que el gobierno acatará la sentencia. Esa es una lección muy clara de lo que es el imperio del derecho. La democracia constitucional debe respetar los deseos de las mayorías, pero sólo hasta que choca con los derechos individuales de cualquier persona, nacional o extranjera. Sólo con estos dos componentes-la democracia y el respeto a los derechos individuales-es que una sociedad puede progresar en libertad.

27 noviembre, 2011

Acerca del Autor

Manuel Hinds

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