Carta Magna

Por Daniel Olmedo

7 noviembre, 2018

Fue el 15 de junio de 1215. En Runnymede, un campo entre el Londres ocupado por los barones rebeldes, y Windsor, donde se refugiaba el rey Juan I de Inglaterra, ambas partes otorgaron un documento que pasaría a la historia: La Carta Magna.

El rey financió sus fracasadas aventuras en las Cruzadas exprimiendo a sus súbditos. Quiso, inútilmente, recuperar los territorios que perdió a manos de Francia —y que le valió el merecido mote de Juan Sin Tierra— y para ello acudió de nuevo al bolsillo de sus súbditos. Pero, sobre todo, necesitaba pagar sus joyas, lujos y los cuidados de su león; para todo eso siempre encontraba en sus súbditos una inagotable fuente de recursos.

El impuesto de guerra lo multiplicó por once durante los dieciséis años de su reinado. Y no dudó en expropiar tierras y castillos a discreción. Llegó a ser uno de los reyes ingleses más ricos de la historia.

La presión fiscal y la arbitrariedad con que el monarca gobernaba llevó a rebelarse a un grupo de barones liderados por Robert FitzWalter. Cuando los rebeldes tomaron Londres, el rey se vio acorralado. Acordaron un tratado de paz con sesenta y tres cláusulas: La Carta Magna.

Juan Sin Tierra, fiel a su infamia, violó los compromisos adquiridos. Se refugió en la sotana del Papa Inocencio III y logró vencer a los rebeldes al lograr entrar al castillo de Rochester con la ayuda de cuarenta cerdos. Pero ya encontraré alguna excusa para contar en otro artículo cómo se pueden derrumbar los muros de un inexpugnable castillo con un asadito de cerdo.

Un año después murió Juan. La paz regresó y la Carta Magna resurgió. Los barones rebeldes nunca imaginaron el impacto que ese documento causaría. Es una de las partidas de nacimiento de los derechos humanos. Su trascendencia se basa en que reconoció que el rey, aunque hacedor de leyes, está sujeto a cumplirlas. Un gobierno de leyes, y no de hombres, diría siglos después John Adams.

La independencia y Constitución estadounidense le deben mucho a la Carta Magna. No en balde el único monumento conmemorativo en el campo de Runnymede —que espero algún día conocer— es el que edificó la American Bar Association en agradecimiento a esos caballeros medievales.

El mundo también está en deuda con ellos. Eleanor Roosevelt, al presentar en 1948 la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la calificó como “la Carta Magna internacional para todos los hombres del mundo”.

Y El Salvador no escapa de su influencia. La cláusula 39 de la Carta Magna es la base de los principios de legalidad y debido proceso. Nosotros heredaríamos su texto casi íntegro en el artículo 11 de nuestra Constitución; uno de los que más han sido utilizados por nuestra Sala de lo Constitucional para defender los derechos de los ciudadanos.

Hace unos días un tipo entró en la Catedral de Salisbury. Intentó romper a martillazos la urna de cristal que guarda uno de los cuatro ejemplares de la Carta Magna. Lo hizo frente a turistas y guardias de seguridad. Definitivamente no era un ladrón profesional.

En Rusia, Estados Unidos, Brasil, Venezuela, Bolivia, México, Nicaragua, Honduras, y ahora en El Salvador, avanzan el populismo y sus caudillos arropados por aplausos y balidos de la masa. En un mundo que camina en ese rumbo me gusta imaginar que ese burdo ladrón de Salisbury, lejos de pretender subastar el manuscrito medieval, solo buscaba custodiar el símbolo de algo que este mundo parece valorar cada vez menos: la sana costumbre de desconfiar de los líderes mesiánicos y la necesidad de controlar y limitar el poder. ¡Cuánta falta nos hacen hoy esos valores!

Abogado
@dolmedosanchez

7 noviembre, 2018

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Daniel Olmedo

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