La metamorfosis que inspira

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Por Carlos Alfaro Rivas

15 mayo, 2018

El Día de la Madre amaneció lloviendo en San Salvador, seña de la Madre Naturaleza de que atrás quedó el verano, adelante lluvia y más lluvia. Cuatro gotas habían caído en días pasados, suficiente para iniciar la evolución de nuestra campiña pero, desde el 10 de mayo, la metamorfosis es oficial.

Así lo comprobé, el sábado pasado, rodando entre los túneles del litoral. Sea verano o sea “invierno”, los salvadoreños tenemos la dicha de que el rey de los planetas siempre nos sorprende. Fui testigo de lo chiquito que quedó Van Gogh al apreciar un cielo de naranjas, rosados y morados, que me inspiró a pedalear como chucha cuta.

Durante nuestro recorrido, disfrutamos una luminosidad sin par. A nuestra diestra, el azul del mar, tan azul, tan dormido que si no fuera un mar, bien sería otro cielo. Arriba, un cielo acompañado de las almas bondadosas que se nos han adelantado y de una danza de gigantes algodones. ¡Los colores de nuestra Bandera! A nuestra siniestra, la Cordillera del Bálsamo, maquillada por densa vegetación; ¡bendita seas por esconder tanta basura!

Pero ahora no hablamos de basura; hablamos de belleza: la mar, el cielo, las nubes, la vegetación esmeralda y el naranja rojizo que viste los árboles de fuego, o del matrimonio, que empiezan a brotar. “Ya aburre con el mismo chiste” advierte la lorita Pepita, y continúa: “Le mentan árbol de matrimonio pues al principio solo es flor, pero después es puras vainas”.

Hay que reconocer que la Pacha Mama no siempre es bella y benévola. En estas latitudes, seguido muestra su furia, con enjambres, samaqueones y diluvios. Mensajes divinos que tenemos que aceptar y, de una vez por todas, a la Madre de todas las madres aprender a respetar.

¡Ánimos, compatriotas!, en oriente ya va a dejar de temblar y el lado bello de la naturaleza podrán volver a disfrutar.

Entre los túneles 2 y 3, Juan Sebastián y sus amigos, formando la V de la Victoria en su vuelo rumbo a Nicaragua, saludan a Calín y mis amigos, pedaleando en fila india en nuestra rodada rumbo a Sonsonate. “¡Que les baile bien, cuidado con Ortega, el Funesto y la Chayo!”, les grité yo, pues la lorita se quedó en la casa.

Arriba puse invierno entre comillas, pues no olvido la carcajada que se pegó un pariente canadiense cuando se enteró que aquí a la época lluviosa le decimos invierno.

Para él, invierno es cuando el sol no sale, el cielo chele, chele. Cuando el frijol duele, los días son muy cortos, los árboles se quedan desnudos. Cuando no hay Juan Sebastianes ni loritas Pepitas en el aire, ni ciclistas en la vía, ni surfers en las olas. Cual árbol de matrimonio, cuales mangos Jade y jugosas sandías, cual espectacular luminosidad.

Va pues; desde ahora te bautizo época verde en vez de invierno y les invito a que realicemos el privilegio de existir en una brillante latitud con clima perfecto, lo que yo defino como: aquel en el que podemos vivir sin aire acondicionado ni calefacción. “Con excepción a los diputados”, aclara la lorita.

Participemos activamente de la metamorfosis natural que estamos viviendo, y con excepción a los enjambres sísmicos y mil y una mosca, inspirémonos con tanto colorido; con la generosidad divina evidente en flores, frutas tropicales, milpas, conciertos de pajaritos, ríos rehidratados, y olor a tierra mojada; con los amaneceres, atardeceres y las estrellas que, aun en “época verde”, no nos abandonan.

¡No puede ser que tanto regalo pase inadvertido!

Por supuesto que tengo claro los males que nos acosan, pero hagamos el esfuerzo de colocarlos en un vaso medio vacío y abramos los ojos y respiremos el dulce aroma del vaso medio lleno que nos rodea.

¡Ánimos compatriotas!, el lado bello de la naturaleza todos podemos, y debemos, disfrutar.

“Y lo mejor que es de choto” se oye desde el patio.

15 mayo, 2018

Acerca del Autor

Carlos Alfaro Rivas

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