El cambio en el corazón

Por Manuel Hinds

23 febrero, 2018

Hay un tema que se repite continuamente en todo tipo de narrativas, desde los mitos ancestrales que se han convertido en las bases de todas las culturas hasta los cuentos, las novelas y las obras de teatro que dan forma específica a estas culturas. El tema es la disyuntiva entre crecimiento y fracaso que las sociedades y las personas tienen que confrontar continuamente a lo largo de sus vidas. Las sociedades crecen y se desarrollan cuando enfrentan dificultades y las vencen. Así, pues, el proceso del desarrollo está siempre asociado con una narrativa de luchas, fracasos y triunfos. Esta narrativa es la que forma los mitos, los cuentos y las novelas… y la historia.

Típicamente, en estas narrativas, las personas (o las sociedades) enfrentan un reto que amenaza su capacidad de crecer y hasta su existencia. La sociedad genera una respuesta, que puede ser exitosa o perdedora. Los protagonistas siempre tienen oportunidades de redimirse después de haber tomado una ruta perdedora, pero el costo para la sociedad se vuelve peor mientras más tiempo se mantiene esta ruta negativa. En los mitos y las narrativas épicas, y en las ficciones exitosas, los protagonistas tardan tiempo en darse cuenta de que han tomado un camino equivocado, y cuando se dan cuenta y tratan de enderezarlo, se encuentran con que rectificar el rumbo requiere reconocer errores profundos y realizar transformaciones internas también profundas. Esto es muy difícil de hacer.

En el caso de El Salvador, es claro que hemos caído por el lado equivocado, y desde hace mucho tiempo. Un país que tenía un rumbo definido de progreso, reconocido internacionalmente, tomó de pronto un mal rumbo que nos ha llevado a la triste situación actual. ¿Qué fue lo qué pasó y cuándo?

Los errores que descarrilan países nunca son materiales, no se deben a la selección de alguna tecnología inapropiada o a haber hecho un proyecto innecesario, problemas que pueden resolverse fácilmente. Los errores fatales como los de El Salvador tienen que ver con el comportamiento ético de las personas. Resolverlos requiere lo que en el idioma inglés se expresa tan claramente como cambios en el corazón de ellas.

El error fatal que nos tiró por la ruta equivocada fue el haber escogido el camino del odio de clases. El error fue fatal desde todo punto de vista. El odio fue promovido como una solución a problemas materiales pero sus efectos materiales fueron catastróficos. El desarrollo no se da automáticamente, necesita de unidad de propósito en la sociedad, y el odio de clases no solo destruye esta unidad de propósito sino que disloca a la sociedad en millones de odios personales. Estos odios llevaron a guerra con sus ochenta mi muertos y luego al estancamiento porque un porcentaje minoritario pero sustancial de la población considera que la satisfacción de los odios debe tener prioridad sobre el desarrollo del país.

Los que promovieron el odio también pretendieron justificarlo en términos espirituales, tratando de convertir en religión de odio a la religión que revolucionó el mundo hace veinte siglos por estar basada en el amor. Los resultados en esta dimensión espiritual han sido también catastróficos. El odio, cuando se siembra, brota en todas las direcciones, y nadie puede negar que el que se manifiesta todos los días en los crímenes de las maras está íntimamente relacionada con el que se sembró para matar a los ricos y a los que no creían en el odio mismo.

Ningún argumento filosófico puede negar que en el fondo de ambas violencias hay un principio común: la idea de que hay personas que merecen ser asesinadas por pertenecer a ciertos grupos, clases sociales o maras. Lo único que varía entre los crímenes cometidos por el odio de clases y los cometidos por el odio entre maras, o por el desprecio a los que no son de ninguna mara, es el motivo que supuestamente legitima el crimen. Esto va contra el cristianismo, contra el desarrollo social, económico político, y contra todo lo que es civilizado.

Esto es lo que hay que abandonar, lo qué hay que reconocer que fue un error y revertir con toda la energía que la sociedad pueda reunir. Los que llaman al odio pueden predicar lo que quieran, pero el pueblo debe dejarlos hablar solos. Ya han hecho demasiado daño.

Máster en Economía
Northwestern University.
Columnista de El Diario de Hoy.

23 febrero, 2018

Acerca del Autor

Manuel Hinds

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