Editoriales

La fuerza de la izquierda

Ya lo escribió Hayek en su momento: “Ha sido el atrevimiento de los socialistas y su empecinamiento en la utopía lo que les hizo populares entre los intelectuales”.

Por Carlos Mayora Re

11 Agosto, 2017

¿A quién no le gustaría que desapareciera la pobreza de la Tierra, que tuviéramos un sistema de gobierno fuerte y sano que garantizara justicia y bienestar, un Estado libre de políticos aprovechados y de corrupción? Y ¿a quién no le gustaría una sociedad de bienestar generalizado, con ciudadanos bien educados, sanos, felices, viviendo en un ambiente de fraternidad que garantice no solo la seguridad ciudadana sino la solidaridad entre todos?

El sentido común nos dice que todos esos deseos, en las condiciones actuales, tienen pocas probabilidades de hacerse realidad. Sin embargo… todos soñamos con llegar a ese estado de cosas. Unos pretenden llegar por medio del trabajo y el esfuerzo personal, las oportunidades y el compromiso de todos —incluidos los políticos— en su realización. Otros toman atajos y, en su impaciencia, o en su manera doctrinaria de pensar, propugnan revoluciones.

No hay que perder de vista que los seres humanos, a la hora de buscar el bien y el progreso, somos movidos más por las esperanzas e ideales, que por miedos y amenazas. El poder de los ideales es tan grande que nos lleva a embarcarnos en empresas imposibles; tan inspirador, que incluso nos puede llevar a matar por las propias ideas.

Sin embargo, los sueños tienen doble efecto: nos pueden llevar a trabajar y esforzarnos por los demás, o a perder contacto con la realidad. Como cuando un grupo más o menos numeroso de gente piensa que llegar a una situación de bienestar para todos, salud, educación, seguridad, inclusión, trabajo y felicidad generalizada solo puede lograrse por la acción del Estado, mientras lo imaginan como si estuviera compuesto por un grupo de personas benévolas y capaces, que solo por el hecho de estar a cargo de todo logran los mejores resultados.

Sueños como esos son los que una y otra vez se han hecho añicos al topar con la inmisericorde realidad: cuando gobierna un puñado de gente sin límites a su poder, cuando una sociedad carece de pesos y contrapesos políticos y sociales, cuando se ponen torniquetes a la información, jamás se ha logrado el bien para todos: se engendran sociedades deficientes, pobres, engañadas, que obedecen a gobernantes ricos, cínicos y despreocupados.

Bastante de eso estamos viendo en la menguante ola de socialismo-populismo que pugna por no extinguirse en América Latina.

Y es que, aunque hay gente que tiene claro que el socialismo del siglo XXI tiene poco que ver con el comunismo del siglo XX —aunque bastantes de los propulsores del sistema latinoamericano se hayan formado intelectualmente en la matriz del pensamiento marxista— viendo las cosas con perspectiva histórica es relativamente fácil notar que el punto de unión entre ambos, más que en la ideología o doctrina política, se encuentra en una cuestión de método, o de fin, según como se vea.

Su relación no está tanto en principios como la repartición de riqueza, la planificación central de la producción, la lucha de clases como método, o la salud y la educación de la gente como fin del poder político, sino en el papel que atribuyen al Estado en la sociedad, la función del partido (ya sea revolucionario, bolivariano, “podemita” o “farabundista”) y la tarea de los líderes: instaurar y mantener el totalitarismo.

Ya lo escribió Hayek en su momento: “Ha sido el atrevimiento de los socialistas y su empecinamiento en la utopía lo que les hizo populares entre los intelectuales”. De los sueños, de los ideales cobran su fuerza. Una fortaleza que, sin embargo, necesita esta premisa: que nadie recuerde que lo que proponen hacer ya se hizo… y que cada vez que se llevó a cabo fracasó estrepitosamente, provocó ríos de sangre y deshizo naciones enteras.

*Columnista de El Diario de Hoy.
@carlosmayorare

11 Agosto, 2017

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Carlos Mayora Re

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