Editoriales

El futuro del empleo

El mundo no se va a detener. Nunca lo ha hecho. Menos lo hará con el envión que le ha dado la tecnología. Aunque no creo que me anime nunca a volar en avión no piloteado por humanos, el momento llegará.

Por Jorge Alejandro Castrillo

11 Agosto, 2017

La última vez que vine todavía fui atendido por personas. Largas y lentas colas hasta llegar al siempre serio y malencarado agente de migración. Pasaporte, visa, foto, huellas dactilares, pasaje de regreso. ¿Motivo del viaje? ¿Por cuánto tiempo? ¿Dónde estará viviendo?

Esta vez fue distinto. Me recibió una terminal de computadora. Escoger lenguaje. Escanear el pasaporte. Escanear la visa. Contestar a las preguntas de rigor. Creo que todo iba bien hasta que el sistema me pregunta si traigo alimentos. Yes, no puedo evitar ser sincero.

Inmediatamente me imprime una boleta cruzada por una “x” que me indica que debo pasar con el agente de agricultura. No me extraña. Deslizo mi maleta siguiendo la línea marcada en el suelo que me indica el camino. Llego hasta el alto, fuerte, serio y -¡cómo no!- malencarado agente de piel más oscura que la mía. Estira su mano silente. Entrego mi pasaporte con la boleta. El rápido y atento pero desganado escrutinio que hace de mis documentos me da tiempo de leer su lenguaje corporal.

– Were you in contact with animals?
– No.
– What food are you bringing?
-Pupusas, made of corn and beans.
-No revoueltas? No chicharrounes?
-No, just beans (mentirita blanca).
-Ok. Put your baggages on here- me dice mientras me devuelve mis documentos. Pasa mi maleta por el scanner y ya, ¡afuera! De no haber sido por las pupusas, habría salido sin cruzar palabra con nadie.

Voy al súper al día siguiente. También en las cajas se está prescindiendo de las personas. Hay que ser lelo, analfabeto o turista para no encontrar por sí mismo lo que uno busca. Todo señalizado y ordenado.
Largas filas en algunas cajas al salir. Donde hay cajeras. Más rápido en las otras donde, ante otra terminal de computadora, paso mis productos por el lector óptico, los coloco en la bolsa, espero que sume todo y que me cobre. Pago s siguiendo las instrucciones, agarro mi bolsa y chau ¡afuera!

El amigo donde me he quedado controla todo desde su celular: inicio y temperatura del aire acondicionado, apertura del portón eléctrico de la cochera, sistema de alarma de la casa, limpieza de la piscina. Todo.

En los almacenes están en venta los robotitos que se encargan de aspirar y limpiar el piso ellos solitos. Paga los servicios y tarjetas de crédito desde su celular, sin asistir al banco ni hablar en persona con nadie. ¡El paraíso de los tímidos!

Maná se preguntaba cantando “¿Dónde jugarán los niños?”. Yo me pregunto asustado: “¿Dónde trabajarán los nuestros?”.

El mundo no se va a detener. Nunca lo ha hecho. Menos lo hará con el envión que le ha dado la tecnología. Aunque no creo que me anime nunca a volar en avión no piloteado por humanos, el momento llegará. ¡Habrá que educar mucho mejor a nuestros niños para que puedan tener opciones de futuro!

*Psicólogo y
colaborador de El Diario de Hoy.

11 Agosto, 2017

Acerca del Autor

Jorge Alejandro Castrillo

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