Editoriales

¡Este no es un simulacro!

13.abril.2019 -

A través de la historia de la humanidad, el medio ambiente nos recuerda constantemente el potencial de poder destructivo que puede generarse súbitamente y como esto afecta a muchas personas. Llámense huracanes, terremotos, erupciones volcánicas, tsunamis, incendios o inundaciones entre otros, todos estos tienen la posibilidad de quitarnos la vida o de transformarla en forma definitiva.

En la mente del hombre siempre ha estado la idea de cómo intentar prevenir o mejor aún, cómo evitar totalmente los desastres, como esto no es posible se probó minimizar los daños que se producen como resultado de las catástrofes y calamidades que se presentan a diario en cada parte del mundo.

Inicialmente fue la Medicina Preventiva que, sin dejar su concepto básico en el manejo de la prevención de las enfermedades, se planteó la forma de modular los efectos trágicos de los desastres, sobre todo aquellos que tienen grandes consecuencias para la humanidad. Posteriormente se produjo el nacimiento de lo que hoy conocemos como “Medicina de Desastres”, rama de las ciencias que tiene como finalidad el manejo inicial de poblaciones completas, por lo que se le ha denominado “Medicina de Masas” y se ejerce concentrando todos los esfuerzos en mejorar las posibilidades de supervivencia con los recursos disponibles. En la actualidad, son muchas las ramas de las ciencias que están involucradas en la forma de minimizar los efectos de estas catástrofes en las víctimas y en sus bienes.

Sin embargo, para poder lograr este objetivo de prevención de daños mayores se requiere que se realicen ensayos de cómo actuar en cada circunstancia en particular. Indudablemente es de gran importancia, la participación activa de las víctimas o posibles víctimas de la tragedia. Haciendo gran énfasis en el concepto de “participación activa”, es decir, que las personas que tomaran parte en las maniobras, ensayos o simulacros de catástrofes realmente tomen en serio esta actividad para que, cuando en verdad sea un siniestro, sepamos cómo actuar correctamente.

Por ejemplo, no es raro que en los simulacros en la que participan adultos nos encontremos con personas que no toman en serio las maniobras de evacuación, las posibles explicaciones son muchas: “porque ya sabemos que se trata de un simulacro”, “se atrasarán en el trabajo”, “cuando sea real ya sabremos que hacer” u otra excusa parecida con tal de no participar activamente en el simulacro de catástrofe. Y es así como nos damos cuenta de trabajadores que deben oír el consabido: “Esto NO es un simulacro” para que puedan dejar sus escritorios para participar en la evacuación real.

Un buen ejemplo de la forma correcta en que se educa para la prevención de siniestros en forma independiente de la edad, fue el voraz incendio que arrasó la Sala Cuna del ISNA localizada a un costado de la Alcaldía de San Salvador. En ese evento un total de 130 niños fueron evacuados en menos de 5 minutos y así lograron evitar lo que podría haberse convertido en un desastre mayor.

Directa o indirectamente, estos niños nos enseñan mucho, comenzando con que el actuar coordinadamente en una situación de catástrofe en la vida real, depende de los simulacros realizados y de la importancia que les damos. Pero organizar estos eventos, tampoco es fácil por lo que sin duda tienen gran mérito los cuidadores y trabajadores de la guardería. Es bueno saber que esta cultura de prevención a través de la realización de simulacros, se ha extendido a guarderías, escuelas, colegios y universidades, con la finalidad que todos sepan cómo actuar en un evento trágico de la vida real. Esto nos demuestra que los adultos también podemos aprender de los más jóvenes, solamente tenemos que desprendernos de la soberbia que nos hace creer que lo sabemos todo.

Doctor en Medicina y en Teología

13 abril, 2019

Acerca del Autor

Mario Aguilar Joya

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