Editoriales

La profesión más linda del mundo

La deplorable discusión que estamos presenciando entre los políticos por los actos protocolarios de la próxima toma de posesión presidencial casi nos hace abrir la boca.

29.marzo.2019 -

“No hay trabajo malo. Todos son buenos. Lo importante es ser el numeruno” y repetía “…el numeruno”. Mi padre otra vez. Tantas veces lo escuché recordar al suyo con esa frase que cierro mis ojos y soy capaz de ver nítidamente su cara morena y bonachona, ver su dulce mirada tras los eternos anteojos de grueso aro negro y oír su voz peculiar, nasal y tersa, cuando se enternecía recordando al hombre austero y ordenado que ha de haber sido mi abuelo.

¿Cuál es la profesión más linda del mundo? Me acaban de preguntar al leer el título, la misma pregunta que seguramente se hizo usted también al leerlo. Todas, respondí sencillamente. Somos tan distintos los seres humanos en nuestros intereses, aptitudes y motivaciones que cada quien responderá que la suya es la más linda. Si le gusta y lo hace con pasión, quiero agregar porque así lo pienso. “No hay trabajo malo, todos son buenos”. El mundo, además, nos da tantos diferentes problemas, que nos necesitamos los unos a los otros para resolverlos conjuntamente. “To each his own it’s plain to see…”, cantaba el grupo America en los Setentas.

Somos todos tan idiosincráticos que tampoco hay que llamarse a engaño de creer que, por ejercer la misma profesión o trabajo, las personas por eso son iguales. En la psicología, que me parece a mí la profesión más linda y apasionante del mundo, no somos todos locos, como suelen decir despectivamente de nosotros los demás, habremos algunos más que otros. Y quizá por ello más felices.

Puedo imaginar las enormes diferencias de personalidad entre algunos de los grandes. Skinner, por ejemplo, el más famoso conductista, ha de haber sido un hombre serio, de ideas claras y pocas palabras, seco y hasta áspero en el trato. Tuve con él muchas discusiones mientras leía sus libros (en mi cabeza, por supuesto, que no eran esos tiempos de internet) en los que argumentaba que los conceptos de libertad y libre albedrío son solo quimeras, que toda la conducta humana está controlada veramente desde el exterior por las historias de reforzamiento que cada quien haya tenido. Incluso, decía de sí mismo que no era psicólogo, sino “ingeniero conductual”. Por otro lado, Rogers, quien nos enseñó a respetar los tiempos de los clientes, ha de haber sido un hombre paciente y bueno, afable y comprensivo. Seligman, por su parte, me confirmó varias de las hipótesis que sobre él me había planteado mientras leía sus libros: tímidón, un poco inseguro, gran conversador cuando entra en confianza y capaz de pasar metido en sus libros por largos ratos.

Desde fuera de las ocupaciones, uno solo logra atisbar algunos de los rasgos que deben ser comunes entre los especímenes de las demás profesiones. La deplorable discusión que estamos presenciando entre los políticos por los actos protocolarios de la próxima toma de posesión presidencial casi nos hace abrir la boca. El consejo que hemos oído que uno debe dejar a los niños que aprendan a arreglar sus propios problemas nos mantiene con la prudencia del caso. Simplemente recordamos a Aristóteles cuando dijo que el hombre era un animal político. Algunos lo son más que otros, de nuevo. Desde la llanura, ante el triste espectáculo, nos limitamos a preguntarnos ¿es que no hay otros problemas, más reales, más grandes, más importantes para que se estén, encima, inventando otros que ciertamente pudieron haberse arreglado con un par de honestas conversaciones? Tal pareciera que mientras unos nos dedicamos a resolver problemas, otros se dedican a buscarlos.

Psicólogo

29 marzo, 2019

Acerca del Autor

Jorge Alejandro Castrillo

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