Editoriales

La mala educación, ahora en digital

18.marzo.2019 -

No me acuerdo del todo, sinceramente, qué es lo que hacía uno de chiquito cuando estaba aburrido en la mesa mientras compartía un tiempo de comida con adultos en un mundo donde no existía el internet. Quizás porque ya pasaron demasiadas décadas de por medio, o quizás porque la respuesta no es interesante, pero ser la menor en una familia de ocho hermanos en la que las diferencias de edad marcaban casi las dos décadas, me dio suficiente experiencia en el tema como para que llamen supremamente mi atención en los restaurantes y lugares públicos, los niños clavados en pantallas de diferentes tipos, completamente excluidos de la conversación de los adultos que los rodean.

Es obvia la aclaratoria necesaria: mi falta de hijos me hace completamente incapaz de juzgar a los padres de familia que han encontrado en la tecnología un enorme aliado para el entretenimiento de sus hijos. Es fácil decir, “antes de las tablets, los niños no interrumpían durante los tiempos de comida”, mientras se ignora que antes de las tablets, también había más ayuda accesible (económica y físicamente) para lidiar con un niño aburrido en la mesa. Ahora, muchos de estos padres de familia trabajan todo el tiempo. Ambos. Algunos, más horas de las que supuestamente deberían estar trabajando, también gracias a la tecnología, y esto lo han internalizado sus hijos, normalizando la permanencia de las pantallas en todo momento. Es entendible que para muchos, estas horas de presencia física en algún restaurante son las pocas que podrán disfrutar en familia y para pasarlas sin mayores obstáculos, todos los recursos son válidos.

Sin embargo, la tecnología y la facilidad de encontrar entretenimiento en cualquier pantalla a nuestro alcance en cualquier lugar también nos está robando de la oportunidad de vivir experiencias únicamente humanas. Cada uno de esos tiempos de comida que se comparten en familia esconden oportunidades para aprender lecciones útiles para el resto de la vida, mismas que incluyen torneos junior de debate, lecciones de etiqueta en la mesa, ejercitar el músculo de la empatía que viene con interesarse en historias ajenas, aprender a llevar conversaciones, etc. A lo largo de nuestra vida, no todos los tiempos de comida serán entretenidos o memorables, por lo que preparar a las siguientes generaciones para la vida implica enseñarles a permanecer presentes en cualquier tiempo de comida, aburrido o no, para así no perderse aquellos que dejarán huella.

Es fácil conectar indicadores de calidad humana como son la buena educación, la amabilidad, y la cordialidad, con otros tiempos. Con las épocas que relacionamos con fotografías en sepia y blanco y negro, en las que parecíamos tener más tiempo para pensar en detalles como la propiedad del lenguaje y el vestuario. Pareciera que la era digital ha venido a cambiar las reglas y que la velocidad a la que se mueve la información ahora ha afectado nuestras percepciones a tal grado que estamos empezando a valorar más la eficiencia en la comunicación con otros humanos que a los humanos con los que nos estamos comunicando.

Sin embargo, estos detalles de calidad humana son leyes aplicables en cualquier contexto, tiempo y realidad. Y seguirán siendo aplicables siempre que existan humanos y que persista un interés en relacionarnos los unos con los otros y vivir en sociedad. Por lo anterior, les estamos dando una pésima preparación a las generaciones que vienen si pensamos que es más importante que sepan usar tecnología a los dos años a que sepan que existen ocasiones en las que hay que guardarla.

Lic. en Derecho de ESEN, con maestría en Políticas Públicas de Georgetown University. @crislopezg

18 marzo, 2019

Acerca del Autor

Cristina López

cristina.lopez


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