Editoriales

Humildad

7.febrero.2019 -

Cerca de la elección, dos amigos extranjeros me pidieron explicaciones sobre el fenómeno Bukele y cómo un joven exalcalde estaba cerca de romper décadas de gobiernos de los dos partidos mayoritarios en El Salvador.

En su momento, les invité a reflexionar sobre las noticias que estaban consumiendo y les pedí analizar aspectos que no entenderían si no viven en El Salvador. Les dije que consideraba que este fenómeno era más bien una burbuja de opinión pública. También les señalé la falta de estructuras territoriales y mística partidaria. Asimismo, enfaticé en la movilización de votantes y de estructuras de defensa del voto. En resumen, ofrecí el paquete hasta ese momento racional de por qué parecía que su victoria estaba cuesta arriba.

Erré en mi análisis. Pero, sobre todo, erré en mi falta de humildad ante los escenarios políticos cambiantes. Y es precisamente eso lo que contaminó mi percepción. La experiencia (aunque admito que la mía es muy limitada) es una consejera incómoda, pues nos encadena a seguir paradigmas que son útiles hasta que dejan de serlo. Para ellos era más fácil ver un fenómeno político creciente porque no estaban teniendo en cuenta el sesgo del día a día, que para ser francos era una película muy cercana a los créditos, pero algunos creíamos que iba justo a la mitad.

Bastó sacar la cabeza del agua de las notas diarias para notar que El Salvador en efecto se comporta muy parecido a muchos otros países, donde el desencanto con los partidos políticos y la insatisfacción con la democracia abren la puerta a liderazgos menos arraigados en la ideología y de corte más personalista, con ofrecimientos llamativos e inmediatistas. Debo reconocer que mi percepción falló y que es necesario partir de nuevas premisas para ofrecer palabras útiles al respecto de esta presidencia en ciernes. Humildad, en esencia, de reconocer un nuevo zeitgeist, un nuevo espíritu de la época.

Pero no solo quienes pretendemos evaluar la política tenemos que hacer ejercicios de humildad. Contrario a lo que se podría pensar, una victoria en primera vuelta no debería estudiarse como un cheque en blanco, sino como un depósito contundente de confianza en una persona que supo entender y manejar el descontento de la población. Sin embargo, es este descontento el que lo obliga a presentar resultados y a ser efectivo. Esto solo se logra con tender acuerdos y puentes, con manejar la cosa pública de forma transparente y con llenar los cargos principales de gente idónea, no de compinches y achichincles. Nada de esto se evidencia en el actuar previo del ahora presidente electo, quien se ha rodeado de personajes cuestionables, ha incurrido en prácticas poco transparentes y no ha escatimado esfuerzos en desarmar a sus adversarios de formas feroces. Superar esto y comportarse de forma presidencial requerirá mucha humildad que no ha mostrado, pero debemos exigir. Si no, el candidato que denunció a “los mismos de siempre” terminará comportándose igual y eso terminará de socavar los fundamentos de nuestro sistema que habiendo huido de los partidos tradicionales, puede encontrar en la alternativa conductas similares a las que rechazó. Es ahí cuando la desesperanza de la ciudadanía se vuelve peligrosa porque el salvadoreño puede llegar a rechazar de tajo las instituciones.

Nayib Bukele ha dado muestras de soberbia y de poca apertura al diálogo. Pero sin ingenuidad creo que está a tiempo de reconocer sus errores y plantear actitudes diferentes. La humildad de reconocer que su conocimiento es limitado y que debe entablar conversaciones para gobernar es un requisito sine-qua-non para una presidencia efectiva y no solo un bluff donde importa más su ego que el destino del país.

Analista político
@docAvelar

7 febrero, 2019

Acerca del Autor

Ricardo Avelar

ricardo.avelar


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