Sin tregua para los salvadoreños que huyen de las pandillas

Entre los años 2000 y 2016 hubo 131,812 salvadoreños que pidieron refugio en otros países. En ese período, la cantidad de solicitudes por año incrementó en más de un 700%.
Sin tregua para los salvadoreños que huyen de las pandillas
Una madre se aferra a las manos de su hijo. Ambos huyeron e intentaron pedir refugio fuera del país, pero no aceptaron su petición. / Foto Por Josué Parada

Por Xenia González Oliva

11 junio, 2018

No hubo refugio para Dora* y sus hijos. Huyeron de El Salvador con una amenaza a cuestas. Dora se despidió de la posibilidad de recibir justicia por el asesinato de su esposo y dejó todo lo que juntos habían construido. La amenaza no había sido solo contra ella; los pandilleros le dijeron que si no se iba de su casa también matarían a sus hijos, Manuel de siete años y Amanda de dos años.

“¿Por qué no hicieron nada cuando les dije que nos habían amenazado?”, le preguntó a todos los que estaban en la morgue cuando fue a reconocer el cadáver de su esposo. Los asesinos lograron escapar y a ella no le quedó más tomar a sus hijos, dejar todo y huir.

Desde entonces, la única meta de Dora ha sido lograr que sus hijos encuentren el derecho de vivir en paz, de volver a la escuela, de tener un hogar. Pero esto aún es un sueño para la familia.

Huyeron hacia México donde fueron de un lugar a otro por meses. Sin identidad, sin nadie que los conociera, Dora pensaba que estaban a salvo. Se las arregló para vender chucherías en las calles. Lo que ganaba era apenas lo necesario para sobrevivir y Manuel ya no pudo ir a la escuela. Sin embargo, para ella el sacrificio valía la pena, estaban vivos y juntos.

Pero la pandilla los encontró. Su familia le alertó y también comenzó a recibir amenazas en su cuenta de Facebook. Le decían que la estaban buscando, que la habían encontrado. Estaban a miles de kilómetros de El Salvador, pero aun así no podían ser libres del terror. Huyeron de nuevo. Esta vez Dora tenía puestas sus esperanzas en algo más, en algo que podría ser más seguro: pedir refugio en Estados Unidos.

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Los salvadoreños están huyendo en masa. Una amenaza, el asesinato de un familiar, haber sido testigos de un crimen, no querer pertenecer a una pandilla o negarle un favor puede condenar a una persona al éxodo en El Salvador. Las víctimas, sin la protección del Estado, huyen hacia otros países en busca de refugio y protección.

El fenómeno se ha agudizado durante los últimos años. Entre los años 2000 y 2016 hubo 131,812 solicitantes de refugio salvadoreños alrededor del mundo, de acuerdo a los registros estadísticos del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR).

Los datos indican un incremento de solicitantes de refugio del 767% en el lapso de 16 años. Los que huyen pasaron de ser 4,995 solicitantes de refugio en el año 2000 a 43,302 en 2016.

“Los números nos indican que se ha agudizado la problemática, pero que ya venía desde hace muchos años atrás”, expone Jaime Rivas, antropólogo e investigador.

La huida de los salvadoreños se incrementó de forma acelerada a partir del año 2013, cuando hubo 6,601 solicitudes; en 2014 pasaron a ser 11,742 y en 2015 fueron 22,937.

“Estamos hablando de un éxodo de personas, no es una ni dos, ni cinco, ni veinte, estamos hablando de cientos de cientos y cientos, de miles de personas que tienen que dejar sus lugares de origen para buscar, no una vida mejor, sino para buscar salvaguardar la vida, que es distinto”, sostiene Nadia Nehls del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) de la Ciudad de México.

En el informe de mediados de año de ACNUR se daba a conocer que entre enero y junio de 2017, ya había 20,900 solicitudes nuevas de salvadoreños. En ese mismo período, de Honduras había 11,800 solicitantes nuevos y de Guatemala 13,200.

Pero, además, para mediados de 2017, entre los datos preliminares de ACNUR se reportaba un acumulado de 83,625 salvadoreños solicitantes de asilo, entre los que también hay aplicantes de años anteriores.

La larga espera

Los datos reflejan que históricamente el país hacia donde más han huido los salvadoreños en busca de refugio ha sido Estados Unidos. De acuerdo a los datos recopilados por ACNUR, en el año 2000 hubo 4,662 solicitudes de refugio. Ese había sido el año con la mayor cantidad de solicitudes hasta 2013, cuando llegaron 5,692 solicitudes. Desde entonces las aplicaciones se han duplicado cada año, llegando a ser 33,620 en 2016.

Actualmente, al llegar a Estados Unidos los salvadoreños se encuentran con un sistema saturado. El proceso para lograr obtener la condición de refugiado puede tomar años. A diferencia de otros países en donde hay comisiones encargadas de revisar los casos, en Estados Unidos las solicitudes de refugio se manejan a través de un sistema de cortes.

“He visto cómo a alguien le pueden dejar una audiencia hasta dos años después. No es tanto problema en la vida cotidiana de alguien que está esperando audiencia afuera, pero es más difícil para alguien que esté en un centro de detención”, expone Armando De Paz, director de la estrategia regional de Cristosal.

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Además del tiempo de espera y las condiciones precarias que implica mantenerse detenido, los solicitantes de refugio también pueden enfrentar la constante amenaza de ser deportados por parte de agentes de Migración, pese a que tengan un proceso abierto.

“Con Estados Unidos esa es la preocupación del acceso a un sistema ágil de refugio”, señala De Paz.

Explica que dicho país tiene una legislación particular en cuanto al tema, incluso diferencian entre asilo y refugio. Asilo es cuando se pide dentro del país y refugio si se hace afuera de Estados Unidos a través de sus programas especiales. En cambio, en el resto de países para pedir refugio se debe estar en el territorio donde lo necesita.

Además, Estados Unidos se centra solo en las cinco causales de la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951, estableciendo que se puede otorgar estatus de refugiados solo a las personas que han sido víctimas de persecución o teman ser perseguidas por razones relacionadas a su religión, nacionalidad, raza o por pertenecer a un determinado grupo social u opinión política.

La razón que empuja a los salvadoreños fuera del país, la violencia generalizada, no está directamente contemplada en estas causales.

Además, al momento de sustentar su caso y argumentar por qué necesitan el refugio, las personas necesitan respaldarse con documentos. Estos no suelen ser fáciles de obtener ya que no son pocos quienes son obligados a dejar su casa y el país de un momento a otro, sin aviso previo.

Los condenados al éxodo

Marlene dejó El Salvador en 2014. Salir del país fue la última opción después de que toda su familia tuvo que abandonar su casa y huir en busca de un poco de seguridad en otro departamento. Su condena al éxodo ocurrió en 2007. El crimen de Marlene y los suyos fue haber sido testigos de un homicidio.

Ella y sus hermanos tuvieron que dejar la escuela, aunque tenían su propia casa se veían obligados a alquilar en otros lugares, no tenían cómo sostenerse y la salud de su abuelita, que ya padecía de parálisis, se complicaba. Fue un tiempo duro para todos. En 2008 su padre se fue a Estados Unidos. Cuando ella cumplió los 22 años decidió seguirlo. Su novio en ese entonces también había sido amenazado. La familia de él tenía un negocio y ya no les alcanzaba para pagar la cuota mensual a los extorsionistas.

Marlene iba con la esperanza de recibir refugio en Estados Unidos. En cambio, estuvo más de tres meses recluida en un centro de detención, rodeada de las tragedias de otros migrantes y con una depresión que la acompañó más de un año después de haber sido deportada. “Uno de migrante va ignorante, no sabe qué es lo que debe pedir para obtener el asilo ni qué necesita. Es muy duro”, cuenta Marlene.

Tres meses fue el tiempo requerido en su caso para el proceso de asilo. Recuerda que primero verificaron de qué país era, después la pasaron a una entrevista donde le preguntaron por qué había migrado.

Un día la llevaron a una sala, donde tuvo su audiencia por medio de una video llamada. El juez y todos los abogados estaban en otra sala. También había un intérprete en la sala con el juez y el reporte de su entrevista. La respuesta fue que su caso no era creíble. Marlene no pudo hablar durante la audiencia.

“En mi caso no tenía pruebas para presentar, ni nada. ¿Qué pruebas voy a tener? Pero había una compañera con todas las pruebas y se la negaron. Hay gente que tiene casi dos años de estar ahí encerrada, peleando el caso. Había una de Honduras que ya tenía como año y cuatro meses de estar ahí”, recuerda.

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Marlene espera nunca tener que volver a enfrentar la necesidad de huir. No quiere volver a pasar la experiencia de ser desplazada, migrante, detenida y retornada. Después de regresar al país pasó un año desempleada. Logró recuperarse gracias a que fue llamada a participar en un programa para jóvenes administrado por el Comité Estadounidense para Refugiados e Inmigrantes (USCRI). Actualmente Marlene es miembro de la Alianza De Salvadoreños Retornados (Alsare) desde donde trabaja para brindar oportunidades a los salvadoreños que son retornados desde Estados Unidos y México.

Cuando visita el Centro de Atención al Migrante ve en las personas recién retornadas la misma devastación, estado de shock y negación que ella vivió.

“Como Alsare promovemos que la gente no migre, por los mismos peligros. Está en su libre albedrío quererse ir, pero queremos concienciarlos de los peligros”.

Marlene tiene un bebé recién nacido. Recuerda cómo en el centro de detención había una joven de Guatemala a quien las autoridades le habían quitado su bebé, no tenía ni un año. Recuerda el llanto de la joven porque no sabía nada de su niño. Marlene no se ve con las fuerzas de soportar algo así.

“No sería capaz de volver a salir ahora. Tendría que ser algo extremo y ya no sería hacia Estados Unidos, quizá hacia Costa Rica o Canadá”.

Pero Marlene está consciente de que las razones que llevan a muchos salvadoreños a salir del país se han vuelto mucho más extremas y graves.

Los nómadas modernos

“Ya no estamos en el contexto de que la aventura, que allá se gana más, ese contexto del migrante económico creo que estos últimos cuatro o cinco años ha cambiado. Es difícil”, sostiene De Paz.

Rivas expone que son cada vez más los grupos familiares completos los que se mantienen en movimiento, buscando seguridad sin acceso a derechos sociales básicos.

“Estos desarraigados, estos nómadas son una población altamente vulnerable. No veo que se esté solucionando, las estadísticas nos están mostrando que desde 2013 no ha dejado de crecer la cantidad de personas que esté expuesta a esta situación”, lamenta.

“Sale a la luz el saber que las personas están dejando sus lugares de origen, no por una razón económica hoy, a lo mejor eso era hace diez o quince años o más. Hoy la gente está dejando sus lugares de origen, particularmente en Centroamérica, particularmente en El Salvador y Honduras por la situación de violencia que existe en las comunidades”, añade Nehls.

Las personas retornadas de Estados Unidos y México son recibidas en el centro de Atención al Migrante de la Dirección General de Migración y Extranjería de El Salvador (DGME) donde los entrevistan, les preguntan por qué razón decidieron salir del país y verifican las condiciones en las que han retornado.

“La migración es multicausal, a veces son diferentes causas las que convergen para que una persona tome la decisión de migrar”, expone la directora de Atención al Migrante, Ana Solórzano.

La DGME registra como la causa principal el factor económico, luego están la inseguridad y la búsqueda de reunificación familiar.

Solórzano destaca que ha habido una reducción en los retornos de menores de edad. Entre 2016 y 2017, esta ha sido del 71.9%.

En 2016 regresaron 9,259 niños. En 2017, fueron retornados 2,600 niños, niñas y adolescentes. De ellos 1,721 eran acompañados principalmente por su madre. Por lo general, el 65% de la niñez que migra lo hace con su madre. El otro 35% es niñez no acompañada.

Los datos generales que maneja la DGME demuestran una reducción en la cantidad de salvadoreños retornados. Entre el 1 de enero al 5 de junio de 2018 hubo 6,184 connacionales retornados desde Estados Unidos. En el mismo período de 2017 hubo 7,977 retornados. Hasta la misma fecha de México han sido retornados 4,243 salvadoreños. En 2017 la cifra de retornados de México era de 5,393. En total ha habido 10,471 retornados en lo que va de 2018, una reducción general del 21.8% respecto a 2017.

“Hay una contradicción en el tema de los datos. Podría decirse que la migración irregular ha disminuido. Pero en Estados Unidos siguen llegando y en cantidades exageradas. Como USCRI nos deja confundidos. Hay un dato que no cuadra entre los deportados”, sostiene Eunice Olán, coordinadora de USCRI en El Salvador.

USCRI trabaja con jóvenes salvadoreños retornados, brindándoles apoyo para que puedan capacitarse y tengan la oportunidad de integrarse laboralmente al país. En la mayoría de los casos los jóvenes cuentan que la búsqueda de mejores oportunidades económicas los llevó a salir del país, pero de fondo suele haber algo más.

“Hemos fallado en preguntar a los jóvenes con los que trabajamos si en algún momento intentaron pedir refugio. Porque sí pudieron haber sido sujeto de refugio. Cuando uno ve los casos a profundidad se da cuenta que sí era el factor económico el que los movió para irse, pero también subyacen otros factores”, dice Olán.

“Ya no es un migrante económico, sino que es un migrante que necesita protección internacional. Van doblando, van doblando solicitudes. No hay tantos deportados ya, porque mucha gente se está quedando, solicitando refugio”, afirma De Paz.

Solórzano aseguró que consideran que toda la población retornada llega en condición de vulnerabilidad, pero que hay ciertos perfiles, como los niños y adolescentes, que se consideran aún más vulnerables.

“Si existiera alguna condición que pusiera en riesgo a algún niño, niña o adolescente el sistema de protección se activa y desde ahí se activan medidas de protección”, asegura Solórzano.

Pero Marlene señala que no son pocas las ocasiones en las que las personas retornadas no encuentran la protección que necesitan y deben regresar a los lugares en los que su vida corre peligro.

Para De Paz la atención que se da a las personas retornadas, aunque ha mejorado, aún no es suficiente cuando se trata de personas que han sido víctimas de la violencia.

Sin refugio ni tierra para quienes huyen

Entre los años 2000 y 2016 hubo 14,571 salvadoreños a los que se les reconoció el estatus de refugiado alrededor del mundo. La mayoría de estos fueron otorgados en Estados Unidos, con 9,564 decisiones reconocidas. México ha dado 2,211 estatus de refugiado a salvadoreños y Canadá 1,720 en el mismo período.

En esos 16 años han sido rechazadas 48,229 solicitudes. Estados Unidos ha rechazado 38,988 peticiones, Canadá ha negado 3,069 y México 1,453.

Dora y sus hijos están entre quienes no lograron el refugio.

El alivio de haber llegado a salvo a la frontera de Estados Unidos no duró mucho. Ella se entregó a los agentes de migración y pidió refugio, pero fue enviada a un centro de detención donde le quitaron a sus hijos.

Por tres meses, Dora no supo nada de los niños, dónde estaban, con quién estaban, si los habían separado, si comían, si no se habían enfermado. Insistiendo todos los días logró que el consulado averiguara el paradero de los niños, solo le dijeron que se los habían entregado a una familia.

Dora había llevado consigo el certificado de la muerte de su esposo. Relató todo lo que les había pasado, pero aún así no calificaron para ser refugiados. La familia se reencontró hasta el momento en que los iban a mandar de regreso a El Salvador en un avión.

Durante todo el proceso de bienvenida al país, Dora se mantiene lo más cerca posible de sus hijos mientras ellos juegan con unos guantes quirúrgicos que han inflado para simular que son globos. Manuel cuenta de las palabras en inglés que la familia con la que vivió le enseñó.

La entrevista de Dora toma mucho tiempo, pero iba en camino a ser despachada sola hasta que recibe una llamada. Es su primo, quien le había ofrecido su casa. Le llama para alertarla que mejor no llegue, que no hay garantías de que no les pase nada. Los nervios y la impotencia se apoderan de Dora.

Sin embargo, es la primera vez que una instancia del Gobierno la escucha. Al oír la advertencia del familiar, una de las trabajadoras del centro le ofrece trasladar a la familia a un albergue. Dora se aferra a las manos de sus hijos y regresa con ellos al centro.

*Algunos detalles, como los nombres de las víctimas, han sido cambiados para proteger su seguridad.  

11 junio, 2018

Acerca del Autor

xenia.gonzalez


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