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Relaciones sexuales por comida, el inicio como esclava de una inmigrante en los Estados Unidos

Una vez que los inmigrantes quedan en manos de quienes los guían por el desierto, estos hacen lo que quieren con ellos, desde esclavos sexuales hasta chóferes y secretarias.
Relaciones sexuales por comida, el inicio como esclava de una inmigrante en los Estados Unidos

Por Jorge Beltrán Luna

24 Noviembre, 2017

Al poco rato de que el grupo de inmigrantes en el que iba la salvadoreña Magaly llegó a la casa rodante en la ciudad de McAllen, en Texas, Estados Unidos, se presentaron dos personas a quienes ella conoció sólo como Vladimir y el Enano. Con ellos iba Gladys, la hondureña.

Preguntaron si todos habían comido. Al unísono dijeron que no. Entonces, el Enano les propuso un trato: querían a ocho mujeres voluntarias para que fueran a tener relaciones sexuales con unos hombres que, a cambio, darían comida para todos. Como todas dijeron que no, Vladimir y el Enano comenzaron a seleccionarlas.

Escogieron a Magaly, a Concha, a otras tres mujeres salvadoreñas, y a tres más. Dijeron que si no accedían, pasarían días y días sin comer y no los iban a despachar para cruzar el desierto.

Magaly recuerda que a la esposa de un señor de Guatemala con un apellido extraño, que sonaba a indígena, la pusieron al lado de las ocho que habían escogido. Vladimir y el Enano les dijeron que lo pensaran bien y aceptaran por que, de lo contrario, llegarían los sujetos para los que querían a las mujeres escogidas. Estos eran narcotraficantes del cártel de La Familia Michoacana, gente muy peligrosa que, en dos minutos, podían llegar a la casa rodante y violarlas a todas.

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Ante esa presión, varias mujeres comenzaron a levantar la mano, entre estas una salvadoreña, a la que llamaban Concha (de unos 22 años), la esposa del guatemalteco y cuatro más. Vladimir y el Enano se las llevaron en una camioneta como a las 3:00 de la tarde y regresaron como a la medianoche de ese mismo día.

De regreso, llevaban comida en bolsas, una caja con pan, jamón, paquetes de tortillas y bebidas para todos los inmigrantes que estaban en la casa rodante. Las mujeres comenzaron a contar que las habían llevado a una casa, cerca de la casa rodante, en donde había muchos hombres tatuados, con aspecto de mafiosos. Cada mujer fue violada por dos o tres de los hombres. Luego, uno de ellos le dio dinero a Vladimir y al Enano para comprar la comida.

En ese mismo momento, Concha y Gladys expresaron que ya habían decidido: Concha le iba a pertenecer a Vladimir y Gladys al Enano, mientras estuvieran allí, refiriéndose a que al entregarse a los dos guías, no les faltaría comida.

La declaración de Concha sorprendió a Magaly porque la primera era quien la iba cuidando y no pagaba nada en ningún lugar al que llegaba, y en ninguna bodega le pedían dinero como hacían con los otros inmigrantes. Era pues, parte de la red de tráfico.

Imagen de referencia. Foto/ AFP

Después de estar dos días en la casa rodante, Vladimir y el Enano movieron en una camioneta a un grupo de aproximadamente 60 emigrantes, entre los cuales iba Magaly. El Enano manejó hasta llegar a una bodega ubicada en una residencial estadounidense donde había casas lujosas y con banderas en sus fachadas.

La casa a donde los llevaron era grande, construida con material del que estaba hecha la casa rodante de donde provenían. Había aproximadamente 300 inmigrantes de distintas nacionalidades: ecuatorianos, hindúes, guatemaltecos, hondureños. Allí permanecieron todo el día, hasta que Magaly escuchó decir a Vladimir y al Enano que esa era la última bodega de McAllen para tirarlos al desierto.

En todo el día no les dieron de comer, pero como a las 4:00 de la tarde, el Enano se fue con Gladys a comprar comida, pero sólo dieron de comer a unos 25 inmigrantes. Magaly comió ese día.

Al terminar de comer, el Enano y Concha manifestaron que comenzarían a mover a un grupo de 30. La elección, dijo el Enano, no sería fácil, pues había personas que tenían meses de estar ahí. En ese grupo quedaron Magaly, Concha y las tres primas salvadoreñas menores de edad. Gladys, la hondureña, pidió al Enano que la incluyera, pero éste le dijo que ya no la iba a dejar ir porque era de él.

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Como a las 11:00 de la noche, llegaron tres hombres que se presentaron como los guías a través del desierto. Solo dijeron sus alias: Full, el Catracho y Mingo. Este último era como de 25 años y originario de El Salvador.

Estos les dijeron que les iban a dar un galón de agua para cada cinco inmigrantes; que no podían llevar mucho porque cuando pasaban los moscos, refiriéndose a los helicópteros de las patrullas fronterizas, detectaban el color blanco de las botellas, lo cual les indicaban que por ese lado caminaban ilegales.

Les dieron una lata de comida para cada día a cada migrante, les advirtieron que sólo llevaran ropas oscuras. Y todos los que llevaban dinero, anillos, relojes y cadenas de oro debían dejarlos. Magaly logró esconder su licencia de conducir y el documento único de identidad que llevaba en la cola con que se amarraba el cabello.

Los inmigrantes apenas podían llevar un suéter o una chamarra. Los tres guías ordenaron que cada migrante tenía que ayudar a cargar unos bolsones verdes donde llevaban la comida enlatada.

A Magaly le dieron un galón de agua. Luego, dividieron a los 30 en pequeños grupos y los subieron a tres carros conducidos por varios hombres que trabajaban para Vladimir y el Enano. Los condujeron por una autopista y al llegar a un punto, les dieron un minuto para que se bajaran del carro y saltaran una cerca de más de un metro con alambres de púas.

Referencia / AFPEl Catracho, Mingo y Full informaron que iban a caminar guiándose con brújulas para ubicarse. Les pidieron que no querían que fueran platicando, que cuando ellos dijeran que se tiraran al suelo, tenían que hacerlo rápido. Les indicaron que en el viaje a pie debían brincar por lo menos 15 cercas bien altas; si alguno de los migrantes no quería obedecer las indicaciones, ahí se quedaría porque no se podían detener a esperar a nadie.

Si en el grupo había alguien que padeciera alguna enfermedad debía decirlo porque, si no lo advertía, e iban a quedar en el camino.

Mingo les comentó que acababa de vivir una experiencia con una señora quien no dijo que era diabética; en la travesía la picó un animal y se murió porque, como no había informado sobre su enfermedad, no llevaban medicinas.

Después, el grupo comenzó a caminar. Los tres guías iban adelante, Magaly y Concha los seguían. Luego iban las tres primas salvadoreñas, un joven y su hermano como de ocho años, que también eran salvadoreños. En el grupo también había hondureños y guatemaltecos.

Caminaron toda la nocheentre montarrascales, árboles y una parte del desierto donde hay mucha arena y no se avanza mucho al caminar. Como a las 8:00 de la mañana se detuvieron, descansaron bajo unos árboles donde no había casas cerca. Los guías les dijeron que podían dormir y que ellos indicarían si continuaban la marcha con luz de día o si esperaban la noche para continuar.

Lo más duro del camino comenzaría esa noche, pues, tenían que saltar las cercas más altas, advirtieron los guías.

Bajo aquella arboleda permanecieron desde las 8:00 de la mañana hasta las 4:00 de la tarde. A esa hora los guías dieron a cada inmigrante una lata de frutas. En cuanto se la comieron reiniciaron la caminata. En ese tramo, a Magaly le dieron a cargar una mochila con comida. Como a los 10 minutos encontraron la primera cerca grande.

Apresurados por pasar, los hombres atropellaban a mujeres y niños. Las mujeres ayudaban a los pequeños a pasar. Durante toda la noche pasaron siete cercas. Luego llegaron a una calle de tierra. Los guías ordenaron a todos los migrantes que se quitaran los suéteres para ponerlos de alfombra y así no dejar huellas de zapatos.

Todos caminaban sobre los suéteres, luego los levantaban y volvían a colocar. Después de cruzar esa calle comenzó a llover y el frío a torturarlos. Tenían las ropas empapadas.

Las últimas cercas no las saltaron, sino que las pasaron por un espacio muy angosto entre los alambres de púa y el suelo. Una pareja lo intentó varias veces… eran gordos. Levantaron los alambres y escarvaron, pero no lograron pasar. Los abandonaron.

La travesía contiuó toda la madrugada hasta llegar a un pozo de la casa de un granjero donde llenaron los galones con agua porque ya iban vacíos.

Al rato de caminar, los guías les dijeron que iban dos moscos y que debían tirarse al suelo y esconderse lo mejor que pudieran. Desde los helicópteros no los vieron, por lo que pudieron continuar. Concha preguntó a los guías si ya habían pasado un cruce pero estos le respondieron que estaba a la vuelta.

Archivo / ReferenciaEn ese momento, Concha hizo una llamada telefónica y manifestó que Magaly ya iba en el grupo y que tenían dos noches de estar caminando por el desierto. La mujer le preguntó a Magaly si ya había hablado con su papá, es decir, con el amigo que tenía en Los Ángeles; le dijo que no. Concha le manifestó que ella lo haría para decirle que estaba bien. Luego la vio hacer otra llamada, pero no escuchó qué o con quién hablaba. Eso fue ya de madrugada.

Cuando amaneció ya no vio más a Concha. Luego, llegaron a un cruce donde en lo alto de un árbol está instalada una cámara que se mueve, haciendo un barrido en la zona de alcance; es decir, como buscando imágenes de migrantes. Los guías ordenaron que todos se lanzaran al suelo.

En ese momento Full, Mingo y Catracho se percataron de que Concha ya no iba en el grupo pero dijeron que no se preocupaban porque ya sabían por qué se había quedado.

Imagen de referencia. Foto/ Archivo

Continuaron caminando 60 o 90 minutos más. Como a las 6:30 de la mañana dieron la orden de descansar bajo unos árboles. Todos los migrantes aprovecharon para secar la ropa y los zapatos; había llovido casi toda la madrugada.

Las adolescentes violadas

En ese lugar las mujeres fueron separadas de los hombres por órdenes de los guías.

El Catracho llegó hasta donde estaba el grupo de mujeres y dijo que si las tres menores de edad salvadoreñas no se iban con él, las iba a dejar a todas en ese lugar. Ellas comenzaron a llorar y dijeron que no querían ir, pero en ese momento llegó Mingo y se las llevaron por la fuerza como a unos 15 metros, debajo de unos árboles.

Los tres guías las violaron. Uno a cada una. Todas vieron cuando las violaban. Vieron las ropas de dos de ellas manchadas de sangre y escucharon sus lamentos. Luego, las regresaron al grupo, mientras las demás mujeres trataron de consolarlas. Descansaron un rato.

Los guías les entregaron una lata de comida a cada migrante. Como a eso de las 5:00 de la tarde, recogieron las ropas que habían puesto a secar. Continuaron la marcha por el desierto.

Como a las 8:00 de la noche, Magaly encontró a un niño como de siete años, que estaba solo y llorando. Los guías dijeron que no lo podían llevar, pero Magaly se lo llevó escondiéndolo entre la fila. El niño se cansó y Magaly trató de cargarlo, pero mientras lo hacía tropezó y cayeron. El peor golpe lo llevó ella en la rodilla derecha que al instante se le inflamó. Ya no pudo cargar al pequeño.

Así, el camino se hizo difícil. Como a la media hora el dolor se le hizo intolerable. Cuando los guías se percataron que llevaba al niño se enojaron mucho y por eso no hicieron nada por ayudarla. Se enfadaron tanto que comenzaron a gritarle a Magaly y al niño.

Transcurrido un buen tiempo se compadecieron de ella y le dieron una pastilla para el dolor. El niño y Magaly continuaron caminando, pero el dolor no menguaba. Los guías le decían que ya estaba cerca, que donde se alcanzaba a ver una luz, allí era el lugar del levantón, es decir, el punto donde serían recogidos en autos.

Pero por más que caminaban, no llegaban a la luz; Magaly estaba a punto de rendirse. Les dijo a los guías que se quedaría, pero que se llevaran al niño. Estos le respondieron que estaba bien, que se quedara y que cuando pasara otro grupo, se les pegara.

Todos comenzaron a caminar, pero cuando un migrante de la fila iba pasando le dijo que no se podía quedar, que había visto el sacrificio que había hecho por ayudar al niño, que él habría hecho lo mismo. Este migrante era el que iba con su hermano de ocho años. La cargó en hombros durante 45 minutos y luego le dijo que ya no podía. Otro migrante la ayudó de igual forma, cargándola, por otros 20 minutos. No podía más. Pero un guía se acercó y expresó que estaban a cinco minutos de salir del desierto, que ahí esperarían que los llegaran a traer en vehículos. El guía dijo que el lugar se llamaba Falfurrias.

Caminaron como cinco minutos. Para entonces eran ya como las 2:45 de la madrugada. Esperaron escondidos durante 15 minutos.

Los guías les dijeron que cuando ellos dijeran la palabra “ya”, todos tenían que correr 30 metros para poder llegar a la última cerca, saltarla y ahí estaría el vehículo esperando.

Magaly le estaba diciendo al niño que ella no podría correr y que si ella no lograba saltar la cerca, que él corriera y la dejara ahí… En ese momento escucharon el “ya”.

Todos comenzaron a correr. El niño le decía a Magaly que corriera, que podía. Otro inmigrante también le infundió ánimos. Y al ver el carro comenzó a correr, mientras el niño le tomaba la mano. Los hombres inmigrantes atropellaban a ambos en su afán de saltar la cerca y subir al vehículo. Mujer y niño lograron subirse a un pick up.

Pero a los pocos minutos vieron dos carros patrullas de migración. El motorista se puso nervioso. Al ponerse la luz verde, los patrullas lo comenzaron a perseguir. El motorista dijo que buscaría el lado de los granjeros, que eran zonas de muchos matorrales. Todos los migrantes debían correr a esconderse. Les advirtió que podrían pasar uno o dos días antes de que otra gente llegara a recogerlos.

ReferenciaLa calle por donde iban era de tierra y pedregosa. El motorista iba a máxima velocidad. Después de 15 minutos, otra patrulla se unió a la persecución, por lo que el motorista se metió a los terrenos de un granjero. La patrulla se fue de paso. Todos los migrantes corrieron a esconderse donde pudieron.

Estuvieron escondidos como cuatro horas. Luego comenzaron a salir para reunirse, incluyendo el mismo motorista, ya que había dejado abandonado el vehículo. Como a la media hora llegó otro carro en el cual se subieron y viajaron varias horas hasta llegar a Houston, a una bodega ubicada en la dirección 40 South y West Side. La casa era un solo cajón, sin divisiones. Era una bodega para ocultar inmigrantes, provista solamente de un baño y una cocina.

Esa bodega era propiedad de un señor al que le decían El Tío, quién también era dueño como de diez bodegas para guardar migrantes, ubicadas todas en Houston. Así lo escuchó Magaly.

La bodega a donde los llevaron estaba a cargo de un hombre al que llamaban Luis, quien aparentemente era sobrino de El Tío. Éste era un mexicano con varios tatuajes; en una mano tiene tatuados tres puntos y una letra T en un dedo anular. En esa bodega también estaba Luis, otro vigilante, con varios tatuajes en los brazos como el rostro de una mujer de cabello largo y en el pecho una imagen de la Virgen de Guadalupe. Mexicano.

Magaly permaneció en esa bodega toda la tarde del día que llegó hasta como la media noche. En ese lugar volvió a encontrar a las dos salvadoreñas lesbianas. También estaba otra inmigrante de nombre Carolina. Ésta le robó los pantalones y zapatos, obligándola a que se los quitara y quedándose sólo en ropa interior. Luis llegó a decirle que le daría un short, pero a cambio, en la noche, debía tener relaciones sexuales con él; si no aceptaba, se quedaría durmiendo en el suelo, sin ropa.

Magaly no aceptó; otra mujer le regaló un pedazo de toalla.

Cinco minutos después llegó El Tío a decirle a Magaly que sacara la licencia y el documento único que portaba. Ella se hizo la que no sabía de qué le estaba hablando. Entonces, el Tío le manifestó que él era dueño de esa y otras bodegas en Houston y que, además, era muy amigo de Toledo (otro coyote de El Salvador) quien le había dicho que ella era su recomendada y que la había cuidado bien todo el camino.

El Tío le dijo que a partir de ese momento ya no se llamaría Magaly. Le dio otro nombre con el que debían llamarla los demás, fueran inmigrantes o colaboradores de él.

Un grupo de migrante descansan cerca de la frontera de México. Foto/ AFP

Se quedaría hasta que pagaran por ella

Lo que El Tío habló después le cayó como balde de agua fría a Magaly: Le dijo que él conocía a su papá, es decir, al amigo de ella que estaba en Los Ángeles, y que lamentaba decirle que de allí ya no iba a continuar el viaje hasta que Toledo decidiera que la despacharan, ya que éste les debía una gran cantidad de dinero. Hasta que no les pagara, no la iban a mover.

El Tío le dijo que por orden de Toledo, en ese momento sólo iban a mover a las dos salvadoreñas lesbianas y que más tarde llegaría un hombre a llevársela. El Tío le exigió que le entregara sus documentos, por lo que Magaly rompió la cola y se los dio.

Minutos después le dijo que ahí se iba a quedar y que iba a ser para él, que estaría a su entera disposición para todo lo que él decidiera hacer. Luego se retiró llevándose los documentos.

Al marcharse El Tío, un muchacho inmigrante se le acercó y le regaló un bóxer y una camiseta; éste también le dijo que trataría de conseguirle unas pastillas para el dolor de la rodilla. En ese instante regresó El Tío llevándole dos pastillas, pero le dijo que para tomárselas solo había sodas que costaban dos dólares, que si no llevaba dinero que viera cómo se las tomaba. Pero en la bodega no había más agua que la del tanque del inodoro.

Media hora después entró a la bodega un hombre a quien Luis llamaba Wicho. Luis le dijo que le tenía a Magaly. “Es el trabajo del que te había hablado El Tío y es la recomendada de Toledo”, le indicó.

La obligaron a que se levantara y caminara hacia la puerta. Era para que Wicho la observara.

“Miren nomás. Hoy sí se portó bien Toledo”, dijo Wicho.

Este le dijo a Magaly que afuera tenía la van y que en ese momento se iría con él a su apartamento. Ella solo atinó a preguntarle a Luis y a Wicho si tenían un par de zapatos para que se los dieran. Pero Luis le contestó que Wicho le compraría lo que necesitara, que se fuera descalza.

Como le costaba caminar con la rodilla golpeada, Guicho la ayudó a bajar. En la Van ya habían ocho inmigrantes más. Condujo unos cinco minutos y llegaron a una casa que está justo atrás del hotel Red Carpet. Todos los migrantes se bajaron y fueron al apartamento que Wicho les indicó.

Pero cuando Magaly se iba a bajar, Wicho le dijo que ella se estaría con él todo el tiempo que El Tío decidiera; que si Toledo no saldaba la deuda, ahí estaría toda una vida con ellos.

Magaly le respondió que si era por dinero, tanto su esposo en El Salvador, como su amigo en Los Ángeles, le habían dado dinero a Toledo, que no era justo. Wicho le dijo que eso a él no le importaba, pero que le quería decir que en la parte baja del apartamento estaba un hombre a quien le llamaban El Vecino, que era traficante de drogas muy peligroso, que esos apartamentos eran de la gente mafiosa de México y que al menor intento de escapar, la gente del Vecino no dudaría en atraparla, ya que tenía mucha gente alrededor.

Magaly comenzó a subir las gradas hacia un segundo piso donde estaba el apartamento de Wicho. Pero este se impacientaba, le gritaba insultándola y la jalaba.

Cuando por fin llegó al apartamento, el traficante le dijo que se sentara junto a los demás migrantes, que eran como 45.

Wicho les dijo que comerían hasta el siguiente día, pues, ya era muy noche para ir a comprar. Cerró la puerta con llave y se fue. Allí quedaron Magaly y los 45 durmiendo en el piso.

Al día siguiente, como a las 9:00 de la mañana, Wicho salió de su habitación y le dijo a Magaly: Ha llegado el momento de hablar seriamente. Véngase para mi habitación. Magaly le dijo que no quería, pero el hombre le dijo que era para su bien. Cuando llegó al cuarto, éste le dijo que se sentara en la cama. Y de la bolsa del short que el hombre andaba extrajo los documentos de Magaly: la licencia de conducir y el documento único de identidad.

Wicho le manifestó que por orden de El Tío tenía que empezar a sacar de Western Union y de Money Gram, el dinero que enviaran los familiares de los inmigrantes que estaban allí en el apartamento.

Magaly tenía que hacer llamadas a dichos familiares haciéndoles ver que sus parientes inmigrantes estaban ahí; tenía que coordinar los envíos de dinero, salida y entrada de inmigrantes. Wicho le explicó que en ese momento saldrían a comprarle ropa y un teléfono a un centro comercial.

 

Prueba a lo rápido y furioso

Pero eso no era todo. Wicho le indicó que en cuanto salieran de la tienda donde le comprarían el teléfono y la ropa tenía que subirse a una camioneta Ford Expedition color rojo. Ella la manejaría y Wicho iría como copiloto, que la llevaría a un lugar donde otros hombres la comenzarían a seguir, aunque en palabras de Wicho, era corretear.

Magaly tenía que manejar, escaparse de esos sujetos, dejarlos perdidos.

Tomaron una calle de nombre West Side, en Houston, donde hay un almacén de nombre Fallas Paredes. Allí le compró la ropa; Wicho le dijo que saliera vestida de una vez.

Al salir del almacén, Magaly se subió a la Ford Expedition de la que Wicho le había hablado. Buscaron la calle 10 y 45 Sur de Houston. El hombre le dijo que de repente iba a aparecer un carro azul, que era el que la iba a perseguir, que si dejaba que le atravesaran el vehículo la iba a pasar muy mal en el departamento.

Si los del carro azul la alcanzaban, una de las mujeres que trabajaba con ellos iba a decidir entre cuántas la golpearían.

A poco de escuchar la advertencia, Magaly vio por el retrovisor que apareció el auto azul. Como era una autopista, Magaly aceleró. De 45 millas en cuestión de segundos alcanzó las 80 millas por hora. A pesar de ello, el auto azul se le acercaba pero ella los esquivaba alternando carriles, llegando a las 100 millas por hora.

Wicho no le dijo nada. Dejó que Magaly hiciera lo que quisiera. Y tras muchas maniobras, logró perder al carro azul. En diez minutos estaban de regreso en el centro comercial de donde habían partido.

Wicho, entonces, le llamó a El Tío para decirle que había tenido buen ojo. Que era cabrona para manejar y que se iban a quedar con ella y que a partir de ese día la enviarían a diversas bodegas que tenían en Houston, a recoger migrantes, pero que nunca la dejarían andar sola, sino con uno o dos hombres armados guiándola y vigilándola. Éstos tenían la orden de dispararle a la menor sospecha de querer escapar.

Magaly le preguntó a Wicho por qué querían hacer eso, que ella no quería meterse en esos problemas. La respuesta que le dio fue que hasta que Toledo solventara el problema del dinero que les debía, ella permanecería con ellos haciendo lo que le indicaran.

De regreso en el apartamento de Wicho, éste le entregó el teléfono. Era de una compañía llamada TMóvil. Luego le dio una lista manuscrita con aproximadamente 50 nombres de familiares de inmigrantes a los que tenía que llamar. Todos esos datos son proporcionados por los mismos migrantes. De todos esos números, en ese mismo momento tenía que llamar a unos 20. Era el 6 de diciembre de 2012.

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850 dólares por rating

Wicho le explicó a Magaly que ellos cobran 850 dólares por algo que ellos llaman “raiting”, que consiste en llevar a cada inmigrante a su lugar de destino. De esa cantidad piden un adelanto de 500 depositados a través de Western Union o de Money Gram y el resto lo exigen cuando entregan al inmigrante a sus familiares.

Por ese trabajo, Magaly tuvo conocimiento de los números de teléfonos de líderes de bodegas, números de coyotes, guías y motoristas.

Cuando de un teléfono habían hecho muchas llamadas, Wicho simplemente lo descartaba y compraba otro de distinta compañía.

Las llamadas que hacía eran para distintos estados y ciudades: Nueva York, Maryland, Arkansas, North Carolina, South Carolina, Filadelfia, Washington, DC., Seattle, Los Ángeles, y muchos más.
Magaly se identificaba con el nombre falso que El Tío le había asignado, decía a los familiares que estaba cuidando a su familiar, les daba el nombre de éste, que ya se encontraba en Houston esperando la salida, pero que tenían que enviarles 500 dólares en remesa y otros 350 cuando se lo entregaran.

El dinero lo ponían a nombre de Magaly y ella lo retiraba en diferentes sucursales de MoneyGram y de Western Union, pues en algunas agencias de éstas empresas solo se puede retirar un envío por día, pero en un negocio llamado Rafael´s Jewerly, propiedad de un mexicano de nombre Rafael, se podía hacer varios retiros por día, debido a que el dueño ya estaba al corriente que eran envíos de familiares de inmigrantes.

En ese negocio, Magaly llegó a retirar hasta siete mil dólares por día, durante más de tres meses, desde el 6 de diciembre de 2012 hasta aproximadamente el 10 de abril de 2013. Del negocio de Rafael, Magaly retiraba tanto dinero que en una ocasión aquel dijo a Wicho que ya no le podría seguir permitiendo retiros porque ya lo estaban investigando.

La dirección que Magaly daba cuando hacía los retiros era 1121 Elliot, Houston, Texas, 77023. Esta dirección es de otra bodega en Houston, donde guardan inmigrantes.

24 Noviembre, 2017

Acerca del Autor

jorge.luna


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