Investigación

“Uno llega a creer que la única solución es quitarse la vida”

Depresión, ataques de ansiedad y pánico, así como la falta de interés de sus médicos, llevaron a Tomás Coronado a ver el suicidio como la única solución. Ahora comparte su historia con otros salvadoreños que puedan enfrentar lo mismo.
“Uno llega a creer que la única solución es quitarse la vida”
El desconocimiento entre la sociedad salvadoreña sobre la depresión y la importancia de una buena salud mental, lleva a quienes la padecen a ser discriminados e incomprendidos, incluso en los establecimientos de salud.

Por Xenia González Oliva

9 diciembre, 2018

Tomás Coronado tenía 10 años cuando encontró el cuerpo de su padre en el clóset de su cuarto. Se había dado un disparo en la cabeza.

Era domingo, esa mañana su padre lo levantó desde temprano y se sentó a hablar con él por una hora. Aún a su edad, Tomás sintió que había algo raro en el rostro de su padre. Era una sensación de la que no pudo desprenderse durante todo el día, aún y cuando su padre lo envío con sus hermanos y su niñera a dar un paseo. Tomás se sentía desesperado, insistió tanto que lo llevaron a uno de los locales de ANTEL para llamar a la casa. Su padre contestó, le dijo que estaba viendo fútbol, que todo estaba bien.

“Al final me dijo: ‘Hijo, por favor, jamás se te pase por la mente que no te amo y me siento orgulloso de ti’. Fue lo último que me dijo”, recuerda Tomás. Ahora atesora esas palabras, pero por años, las imágenes del clóset, del cuerpo de su padre, del balazo, lo perseguían y tachaban los otros recuerdos que tenía de su padre.

“Me molestaba mucho no comprender por qué lo había hecho, por qué nos había abandonado”.

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Después de 30 años, Tomás llegó a comprender y a perdonar a su padre cuando él también comenzó a ver el suicidio como la única solución que le quedaba para detener el sufrimiento que lo venía carcomiendo por meses.

Su vida se destruyó en un período de cinco meses. Tomás reconoce que una serie de malas decisiones lo llevaron a perder su matrimonio, a perder el cariño de sus hijos y su trabajo, para sumergirse en un remolino de drogas y alcohol que solo funcionaba como un parche para ignorar su realidad. Una noche su cuerpo ya no pudo soportar el abuso y sufrió un paro cardíaco.

Aunque Tomás logró recibir atención médica a tiempo y recuperarse, ya no volvería a ser el mismo. A su salida del hospital se encontró sufriendo ataques de pánico y desórdenes de ansiedad, problemas que jamás había experimentado en su vida. Cada ataque de pánico y ansiedad era una tortura para Tomás. Cada vez que los padecía el cuerpo de Tomás volvía a repetir todo lo que sintió cuando tuvo el paro cardíaco, movimientos musculares dolorosos en el pecho, sentía que la presión se le bajaba, que estaba a punto de desmayarse. Solo hasta llegar al hospital le decían que no tenía nada, que nada le había pasado.

Tomás vivió con esos ataques casi a diario durante seis meses sin saber por qué. Cada vez que llegaba a la emergencia del hospital privado donde lo atendían los médicos lo veían con desdén y enojo. La frustración y desesperación del dolor, de ya no reconocerse a sí mismo lo llevaron a planear su suicidio en varias ocasiones.

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“A veces es tan doloroso, no estoy hablando de un dolor ficticio e imaginario, es un dolor literal, uno siente que la vida le duele, que el alma le duele, a ese dolor es a lo que uno quisiera escapar, a la desesperación de no saber si mañana voy a estar bien, o voy a estar peor o igual, de eso se quiere abstraer uno, de ese dolor. Yo pedía todas las noches a Dios que me dejara morir”, dice.

Fue hasta que una noche lo recibió en la Emergencia un doctor distinto, que se sentó con él y lo escuchó mientras Tomás lloraba hasta que al final le dijo que él necesitaba ayuda de salud mental.

Tomás explica que también quitarse el temor de que lo vean como “loco” y reconocer que necesita ayuda terapéutica es difícil. Al principio probó con una psicóloga, pero ella le dijo que necesitaba un psiquiatra porque, además de la terapia, necesitaba medicamentos. “Pasé etapas en las que todos los días amanecía pensando cómo me iba a quitar la vida. Muchas veces puse un arma en la cabeza, colgué un lazo, recogía todas las pastillas de mi casa”, recuerda. En más de una ocasión, con el arma en una mano, Tomás llamaba a su terapeuta quien le ayudaba a salir de esas crisis.

Durante su tratamiento, Tomás comenzó a conectarse con otras personas que tenían el mismo problema. Uno de ellos fue Miguel, quien a diferencia de él no podía pagar atención en hospitales privados.

Con Miguel conoció sobre “la rusa”, una inyección de solución salina que le colocaban a Miguel cuando llegaba con ataques de pánico similares a los de Tomás, solo para despacharlo. Era una inyección tan dolorosa que a veces Miguel ya no podía caminar al salir del hospital. Le pasó en el Rosales, en el Zacamil y en dos Fosalud.

Tomás intentaba darle apoyo, pero Miguel eventualmente ya no pudo con el dolor y se quitó la vida. “Me da mucha pena mi país porque luchar contra esta enfermedad desde el sistema privado es posible, pero hay que tener recursos. Del lado público es aún más duro”.

Aunque ya han pasado varios años desde que dejó de tener ataques de ansiedad, Tomás sigue con tratamiento médico y terapias. Desea que cada vez sea más fácil hablar sobre estos problemas en el país, que la gente no tema ser tildada de loca y logre recibir la atención que merece.

9 diciembre, 2018

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xenia.gonzalez


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